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Con ustedes, Martín Servaz

Ramón de España

Si hace unas pocas semanas les hablaba del aparentemente irritante Sebastian Bergman, psicólogo de la policía sueca que protagoniza la serie de novelas a cuatro manos de Hjorth y Rosenfeldt, hoy sigo la misma línea, pero sin irme a los países nórdicos, pues me basta el país vecino. Al igual que Bergman, Martin Servaz es un tipo peculiar: quería ser escritor cuando iba a la universidad y acabó de policía en su Toulouse natal; tiene cuarenta y tantos años, está divorciado, cuenta con una hija que lo adora y admira profundamente a Gustav Mahler, cuya música lo acompaña a lo largo del día. Como Sherlock Holmes con el profesor Moriarty, Servaz tiene también su particular Némesis, el ex fiscal suizo y asesino en serie de mujeres Julian Hirtman, con el que se va cruzando constantemente desde la primera de sus aventuras, 'Glacé', que hasta cuenta con una adaptación en forma de serie de televisión que puede verse en Netflix.

El papá de Servaz y Hirtman -así como de unos estupendos secundarios de la brigada de homicidios de Toulouse- se llama Bernard Minier, nació en Beziers en 1960 y ha recibido en dos ocasiones el prestigioso premio Polar del Festival de Cognac. En España lo publica Salamandra, que empezó hace un año con 'No apagues la luz' y continúa ahora con 'Noche'. Yo hubiese empezado por el principio, por 'Glacé' y 'Le cercle', ya que hay elementos recurrentes en todas las aventuras de Servaz que pueden confundir al lector si no sabe de dónde vienen. Afortunadamente, uno es del género compulsivo y, entre 'No apagues la luz' y 'Noche', ha tenido tiempo de tragarse en francés las otras dos (con la serie de Netflix me pongo un día de estos).

Los libros de Minier pesan lo suyo, como los del tándem Hjorth & Rosenfeldt, y uno es de los que desconfían de los thrillers que no se conforman con trescientas páginas para explicar una historia, pero en ambos casos, el esfuerzo es recompensado: una vez le has cogido aprecio a Servaz, desearías que sus andanzas no terminasen nunca. Acabo de empezar a leer 'Noche' y les aseguro que la jornada me parece un mero trámite hasta que me voy a la cama y me reengancho a la trama bajo el edredón, pues la escritura del señor Minier me resulta de lo más adictiva. Ya tarda en caerle el Pepe Carvalho.

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