Ir a contenido

Dos miradas

Una joven con sus hijos pasa ante una pintada en una calle del barrio de Benimaclet que llama al paro de las mujeres.

Miguel Lorenzo

Hay que hacerse oír pero, sobre todo, hay que hacerse escuchar. Y dejar que nuestra ausencia grite por nuestra existencia

Todo está dicho, pero aún faltan ganas de escuchar. De escuchar, no de oír. Ganas de tratar de entender. De que ellos hagan un esfuerzo por ponerse en los zapatos de ellas. Que no siempre llevan tacones. De preguntarse cómo habría sido su vida si fueran mujeres. Si creen que habrían obtenido lo que han conseguido. Si todo hubiera sido tan fácil o tan difícil como ha resultado ser. O si hubiera sido mucho, muchísimo más costoso. Si el reconocimiento sería el mismo. Si el sueldo tendría las mismas cifras… ¿Seguro? Si el tiempo libre, el dedicado a leer o a dormir o, simplemente, a no hacer nada, sumaría las mismas horas.

Aún falta por entender. Por entenderse. Porque las mujeres también nacemos y crecemos con la carga de una herencia. Un legado que no siempre es patrimonio. Porque no son bienes, sino males. Una historia de sumisión y silencio público que no hace tanto que empezó a resquebrajarse. Un poso de servidumbre. Y de miedo. Porque las mujeres, como los hombres, hemos sufrido a todos los opresores de la historia. Pero, además, a tantos padres, maridos, hermanos o hijos que convertían el amor en dolor.

Aún faltan ganas de escuchar. De entender el clamor general y no perderse en las anécdotas. Ni elevar las diferencias. Hay que hacerse oír pero, sobre todo, hay que hacerse escuchar. Y dejar que nuestra ausencia grite por nuestra existencia. Por eso, el 8 de marzo (el día en que saldrá en el diario este artículo), yo haré huelga.