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Dos miradas

No valen adhesiones vacías o paternalismos bienpensantes con el feminismo. Estamos ante una revolución permanente. Al estilo trotskista, pero con otras protagonistas

La huelga de este jueves nos lleva a una reflexión profunda. Más allá de su éxito y de la dificultad de valorar el seguimiento de una protesta tan diversa en las formas, hay un hecho incontrovertible. Basta repasar los datos de la situación de la mujer en todo el mundo para darnos cuenta de la urgencia -simbólica, pero también con consecuencias efectivas- de una reivindicación como esta. No se trata solo de los asesinatos, de las violaciones o los abusos, del desprecio más absoluto en cuanto a la libertad de decidir o de actuar. Es la constatación de que, a pesar de los avances (siempre logrados a base de luchas), la situación de la mujer es consecuencia de la instalación en el imaginario colectivo de una percepción de inferioridad. Como dice la pensadora Monique Witting, solo son considerados diferentes los seres inferiores, y es por este motivo que observamos la diferencia con altivez, porque la contemplamos desde un estadio superior, el de los hombres. Y aún más: la disolución de la diferencia (considerada casi como una categoría filosófica) genera repulsa, menosprecio o conmiseración cuando se convierte en una batalla que ni siquiera advertimos como tal.

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El feminismo es seguramente la corriente social con más profundidad y más empuje intelectual del siglo XXI. Y no valen adhesiones vacías o paternalismos bienpensantes. Estamos ante una revolución permanente. Al estilo trotskista, pero con otras protagonistas.

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