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Anna Gabriel en una imagen de archivo.

El flequillo

Emma Riverola

Continúen hablando de flequillos y no de ideas políticas. Sigan ahí detenidos, produciendo y repartiendo su hiel... Mientras siguen ahí detenidos, la sociedad avanza. A pesar de su machismo

El pasado fin de semana volvía a los titulares. Lo ha vuelto a hacer. Anna Gabriel luce de nuevo flequillo. El desconcierto corre en las redacciones de los diarios conservadores. ¡Dios mío! ¿Por qué? ¿A qué taimada nueva estrategia responde el retorno del mal? ¡Que llamen ya los especialistas en imagen! Afilemos los teclados. Abramos los diccionarios de sinónimos en busca de las palabras más abyectas. ¡Que rezume la bilis!

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¿Será que vuelve la guarra? Sí, guarra. Con alergia al jabón y sobacos pestilentes. Hasta ahí han llegado algunos finos analistas políticos de la caverna. Parece ser que lucir camisetas y flequillo está ligado a la falta de higiene. Y la mayoría de la población sin saberlo. Pero hay algo peor, mucho peor. ¡Gabriel sonríe!, exclamaban como si hubieran visto el fantasma de Simone de Beauvoir. Pues sí, señores, si no se hubieran esforzado en seleccionar siempre las fotos en que parecía una loca o una bruja, se habrían dado cuenta de que Gabriel suele sonreír. Mucho. Incluso cuando carga contra machistas como ustedes.

Pero sigan si quieren. Continúen hablando de flequillos y no de ideas políticas. Sigan ahí detenidos, produciendo y repartiendo su hiel. Sigan hablando de lo feas y guarras que son algunas. Nosotras no nos detendremos a analizar su aspecto personal, no vale la pena perder el tiempo. Mientras siguen ahí detenidos, la sociedad avanza. A pesar de su machismo.

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