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Al contrataque

Una foto con Quini

Jordi Évole

Se sacó un fajo de hojas tamaño cuartilla con su autógrafo fotocopiado y las fue repartiendo entre las manos que se alzaban con ansiedad

En losaños 80, el mes de septiembre tenía un fin de semana muy especial: cuando íbamos con mis padres a casa de unos amigos del Alt Penedès a celebrar la vendimia. Era un lugar increíble. Tres o cuatro casas en medio de unos enormes campos de viñas, a pocos kilómetros de Santa Maragarida i els Monjos. Salir de Cornellà para irnos a aquel lugar era sinónimo de libertad, de que los niños podíamos ir a nuestro aire. Ayudábamos a cortar racimos de uva, que luego acababan en el remolque del tractor, incluso alguna vez nos dejaron ir a pisarla.

Aquella familia tenía un chaval de mi edad que era todo carisma, el chaval que todos queríamos ser. Vivía en aquel lugar tan mágico, rodeado de campo para jugar, le dejaban conducir el tractor, e incluso tenía una moto pequeña. Todo era extraordinario a ojos de un niño de ciudad. Pero yo solo le envidiaba por una cosa: a la entrada de su casa, en el recibidor, tenía una foto. No había una sola vez que entrase en aquella casa que yo no me quedase embobado mirándola, incluso la cogía para verla de cerca. Era una foto con Quini. Aquel chaval había estado con Quini. A su lado. Y se habían hecho una foto con él. Era lo más. Piensen que en los 80 la epidemia del selfi ni se intuía, y una foto todavía tenía el valor de una foto.

En aquellos años, el fútbol lo era todo. Mi padre me llevaba cada 15 días al campo, a la tercera gradería, y desde allí arriba empecé a sufrir con un equipo que entonces a lo máximo que aspiraba era a ganar la Recopa… que ya por el nombre podías deducir que no era el trofeo más prestigioso del planeta, aunque yo me empeñase en pensar que sí.   

Un día nos enteramos de que Quini iba a venir a Cornellà, al campo de futbol de la Vía Férrea. Contaba las horas para que llegase ese día… el día que iba a ver cumplido mi sueño. Me presenté allí con mi cámara de fotos dispuesto a que mi recibidor también acabase decorado con aquel retrato. Pero como yo, allí se presentaron cientos de chavales con las mismas intenciones. Creo que lo más cerca que estuve de Quini fue a 50 metros. Ni le vi. Aquello era un caos. La organización desbordada. Y ante aquel descontrol, Quini se sacó un fajo de hojas tamaño cuartilla con su autógrafo fotocopiado, y las fue repartiendo entre las manos que se alzaban con ansiedad para alcanzar una, como si repartiese billetes de 5.000 pesetas.

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Una de esas manos fue la de mi madre, que al llegar a casa guardó aquel autógrafo en una funda de aquellas que te daban cuando te hacías fotos de carnet, para que el autógrafo no se desgastase. Creo que, si rebuscásemos, aquella cuartilla todavía hoy aparecería por casa de mis padres, como recuerdo del instante que más cerca estuve del ídolo. Cuando el fútbol todavía era algo romántico. Cuando a nuestros mitos no los imitábamos por el peinado, por el modelo de botas que estrenaban, o por el tatuaje que se hacían. Solo los imitábamos para hacer goles como ellos. Aunque nunca lo lográsemos. 

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