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Mirador

Cuanto más presume el Gobierno de recuperación económica, más se percibe el malestar en las calles. Quizá olvidan cómo acabó el último Ejecutivo que se puso a hablar de brotes verdes. La recuperación de los números no se traduce en los bolsillos y, sin embargo, no son los jóvenes los que se manifiestan contra la precarización, la desigualdad o el injusto reparto de las cargas. Son los jubilados, que no tienen tuiter donde indignarse y recurren a la manera que siempre resultó más efectiva: hacer algo. Ahora, Mariano Rajoy tendrá que comparecer en el Congreso aunque sea para explicar que la diferencia entre propaganda y realidad impide subir las pensiones. Si ponemos todos los indicadores juntos observarán mejoría económica, auge del descontento social y caída del independentismo en Catalunya. No hay ánimo sociológico en esa conjunción de ideas. Quién sabe si son sólo casualidades.

Sostiene Rajoy que las encuestas le preocupan sólo un mes o dos antes de las elecciones. Entonces será casualidad que su partido haya encargado su propia encuesta con miles de entrevistas para ver si aciertan esos otros sondeos que anuncian la fuga de votantes a Ciudadanos. Pero que el PP le haya declarado la guerra a Albert Rivera será también casualidad, como que le hayan puesto fecha a los presupuestos para que no cunda la sensación de parálisis.

Vivimos en un mar de casualidades por el que Ciudadanos lleva su discurso más allá de Catalunya y de las lenguas. Lo lleva, de hecho, a la pugna por el votante de la derecha. De la derecha y mayor, que es donde tiene el PP su sangría. Y ahí tienen a Albert Rivera con la prisión permanente revisable o actualizando aquello que se llamó la ley Corcuera. Decían que se había hecho vieja la distinción entre izquierda y derecha y por eso no se entiende este enfrentamiento con medidas que empujan el debate a la derecha. Será casualidad.  

Mientras, los partidos de la izquierda esperan. Hace unos días Pedro Sánchez tuvo que tuitear para “quienes últimamente preguntan dónde está el PSOE”. Resultó un mensaje revelador. PSOE y Podemos tratan de capitalizar las movilizaciones que otros colectivos, desde fuera de la política, han llevado a las calles. “Si miras en las encuestas notarás que el PSOE ni sube ni baja, le va en función de cómo le vaya a los demás partidos”, describe un dirigente socialista crítico con su secretario general que, claro, lo remata así: “Puede ir a mejor o a peor por casualidad”.

Se aprecia –otra vez– un incremento del debate interno en el PSOE, algo que no se aprecia en Podemos porque, desde el congreso de Vistalegre, los críticos con Pablo Iglesias, que los hay, mantienen soterradas las discrepancias, que las tienen. Será también casualidad que ese proceso sin autocríticas coincida con el descenso de Podemos que pronostican las encuestas. Ahora que Italia ha votado, uno recuerda aquella frase que dejó Giulio Andreotti, brillante y siniestro: “No creo en la casualidad, creo en la voluntad de Dios”. Lejos de Roma y con mucho más escepticismo, a eso que él llamaba la voluntad de Dios en política la conocen por el nombre simple y más mundano de electoralismo.    

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