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LA CLAVE

Carles Riera, portavoz de la CUP, abandona el hemiciclo.

EFE / FERRAN SENDRA

Apatía por recobrar el Govern

Enric Hernàndez

El veto de la CUP a Sànchez y los titubeos de JxCat y ERC pueden abocar a elecciones, sobre todo si el Constitucional dictamina que los plazos ya corren

El portazo de la CUP a Jordi Sànchez la resistencia de Esquerra a investirlo mantienen en punto muerto la legislatura catalana. El independentismo anticapitalista percibe un tufillo autonomista y capitalista en los planes de JxCat y ERC, mientras que los republicanos, reo por reo, amagan con postular a Oriol Junqueras arguyendo que su elección sí restituiría el Govern derrocado por Mariano Rajoy, tal como defendía Carles Puigdemont.

De ceder ERC, y siempre que el ‘expresident’ y el ‘exconseller’ Toni Comín renunciasen a sus escaños, los números darían para ungir en segunda votación al líder de la ANC. Mas sucede que el juez Pablo Llarena ya invocó el riesgo de “tumultos” para vetar el traslado de los diputados presos al Parlament, y nada indica que tenga otro criterio sobre un aspirante a la presidencia.

Busca Esquerra ganar tiempo para rebañar la negociación con JxCat, pues no hay acuerdo pleno ni sobre las cuestiones tangibles, como la fiscalidad, ni sobre las simbólicas, como la construcción de un nuevo relato que apacigüe a la decepcionada afición. El homérico periplo del posautonomismo a la preindependencia no tenía billete de vuelta.

Todos saben, salvo acaso en Bruselas, que esta legislatura no servirá para “construir República” sino, con suerte, para reconstruir la maltrecha autonomía catalana. El dilema es cómo deshabituar a dos millones de soberanistas a las crecientes dosis de realismo mágico que les suministraban a diario los terapeutas del ‘procés’.

EL ‘DEAD LINE’

Estas vacilaciones del independentismo y su aparente apatía por recobrar el Govern no están exentas de riesgos. Pronto el Constitucional deberá dictaminar si la designación frustrada de Puigdemont activó el calendario de la legislatura, y podría fijar en el 31 de marzo el ‘dead line’ de la investidura. De modo que en tres semanas Rajoy, merced al 155, tendría en su mano disolver el Parlament y convocar elecciones para mayo. Incluso con el imputado Jordi Turull como presidenciable.  

Si la animadversión y la desconfianza mutua arruinan la formación del Govern, no habrá telepredicadora ni ‘talk show’ que redima a las fuerzas independentistas.