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LARGO PLAZO

El robot Pepper durante la demostración en el salón 4YFN.

Chatear con los muertos

Olga Grau

El MWC debería ser un foro en el que también se analizara desde la vertiente ética y humana el impacto de la tecnología en la sociedad

En uno de los capítulos de la segunda temporada de la serie distópica Black Mirror (Netflix) la joven protagonista pierde a su pareja y decide probar un sistema de inteligencia artificial disponible en el mercado. Se trata de un chatbot que se genera con el volcado de las redes sociales, datos, fotografías, audios y mails que el fallecido ha producido a lo largo de su vida. El resultado permite crear un sistema de mensajería con el que ella puede chatear de la misma manera como lo haría con el difunto si estuviera vivo. Posteriormente, empiezan a hablar por teléfono (el sistema emula la voz) y, finalmente, crea un robot de compañía con sus características emocionales e intelectuales.

Se trata de ciencia-ficción, ¿no?. De momento, sí. Pero a nivel tecnológico la inteligencia artificial está avanzando muy rápidamente hacia la posibilidad real de crear un sistema similar gracias a los datos recopilados. De manera que al final será únicamente una cuestión de decisión humana el lanzar al mercado o no una tecnología que permita chatear con muertos. Otras tecnologías también están evolucionando a una velocidad impresionante: la gestión de los datos, la capacidad de trasmisión y almacenaje de los mismos, la robótica avanzada, la domótica para manejar a distancia objetos, etc.

Como muestra de ello, estas tecnologías y sus posibilidades han centrado una vez más la edición del Mobile World Congress (MWC) de este año. Se han presentado simpáticos robots, terminales de móviles que incorporan el reconocimiento de la voz y la gestualidad de la cara y las operadoras han querido explicar cómo se va a desplegar el 5G en Europa. La inteligencia artificial, sin llegar a los niveles futuristas de Black Mirror, ha sido uno de los temas estrella del salón, que ha atraído a 107.000 visitantes a la capital catalana.

La evolución del MWC dice mucho del ritmo al que galopa el mundo. Ha ido evolucionando para pasar de ser un certamen en el que se presentaban gadgets, a uno en el que se analizan las líneas de futuro de la tecnología y su convergencia con la sociedad. 

El MWC nos esboza el mundo que viene. Pero no nos da la medida del impacto que tendrá en la sociedad la interconexión, la gestión de grandes volúmenes de datos, la brecha digital o la aplicación de la inteligencia artificial o la robótica. 

Con más de 7.700 consejeros delegados reunidos durante cuatro días en la capital catalana y todo el foco mediático, este certamen es un gran foro para hacer negocios a gran escala y para reflexionar sobre las tendencias. Pero aun lo es más para reflexionar sobre cómo las tecnologías que se exhiben y se comercializan a gran escala pueden llegar a todo el mundo, mejorar la calidad de vida y crear un mundo mejor, no peor.

Innovación no es igual a progreso, eso lo saben bien los historiadores. Los Estados tienen poder para regular, pero la industria debe acompañar su desarrollo a la sostenibilidad social y de eso se habla poco o nada en MWC. Sería una gran oportunidad para el 2019.
 

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