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DOS MIRADAS

Es un fenómeno que provoca una inexplicable percepción de paz y serenidad, pero también de desolación extrema

Cuando nieva se producen varios fenómenos dignos de ser valorados. Hablo de la nieve en países o en comarcas donde no es habitual que nieve, por supuesto. En este caso, lo más destacable es la sensación de vivir un acontecimiento extraordinario que genera la necesidad de comunicarlo por doquier y de compartirlo con todos aquellos a quienes queremos hacer partícipes (ellos también lo quieren: es una cuestión de reciprocidad) del hecho extraordinario.

Esta convivencia con lo que es raro genera una cierta sensación de confortabilidad. Ayuda el hecho de que la nieve, cuando cae con elegancia y discreción, cuando, incesante, se apodera de los espacios vírgenes y los blanquea, provoca una inexplicable percepción de paz y serenidad. También de entusiasmo.

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Desolación extrema

No hablo, claro, de los que la padecen sino de los que dibujan una sonrisa con el primer copo. Están los niños que la descubren y los mayores que recuerdan las nieves de antaño. La nieve cae plácidamente y ocupa las llanuras y los valles, el margen de los ríos y las calles con pendiente, la arena de la playa y la existencia de los vivos y de los muertos.

La nieve, sin embargo, también invoca -con este silencio contundente, estricto, con la constante permanencia de la cortina que se deshace en la nada- una desolación extrema. Imperceptible, quizás, inofensiva en apariencia, pero eficaz e hiriente. Los escenarios son ahora de cartón piedra, irreales, y los protagonistas de la historia deambulan en la pérdida, cuerpos que se desvanecen.

Temas: Nieve

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