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IDEAS

Uno de los espacios de la Universitat Autònoma de Barcelona.

RICARD CUGAT

Dar clases es recibir lecciones

Miqui Otero

El requisito para dar clases debería ser estar dispuesto a recibir lecciones.

Es algo que sé desde que, aquel día hace siete años, empecé a impartirlas en la Universitat Autònoma de Barcelona, cuando me dirigí al bedel para pedir las llaves del aula. “Los alumnos no podéis cogerlas”, me dijo. En lo que podría haber interpretado como un piropo a mi lozanía, mi suspicacia quiso ver una insinuación artera sobre mi incapacidad docente. “Ya, hace nada estaba aquí como alumno y ahora mira”, quise decir, para luego castigarlo con una cita de Séneca: “Nadie te devolverá los años. Nadie te entregará otra vez a ti mismo. La vida no hará ruido ni te avisará de su velocidad. Fluirá en silencio”. Por suerte no dije nada y fui a pelearme con la máquina para que me entregara un Kit-Kat.

El mundo necesita narradores y periodistas que nos ayuden a entenderlo, a sufrirlo,
a tolerarlo

Desde entonces, cada primer día de clase pedimos a los alumnos del Mecoph, un posgrado de periodismo narrativo y humanidades, que se definan narrando una escena de su vida. Este año uno de ellos explicó que una noche, a las puertas de una discoteca y mirando a los ojos de una chica linda, pontificó beodo durante media hora sobre cómo el escaso apetito sexual de los osos panda los hacía merecedores de su posible extinción, para, acabada su diatriba, levantar la mirada y descubrir a ese hipotético ligue mostrándole la funda de su teléfono móvil con un oso panda (su animal favorito) dibujado. Otro habló de ese tipo hiperventilando en el aeropuerto de Moscú, cuando recibió el SMS de “adiós, muy buenas” de su pareja mientras en esa terminal rusa nevada y trufada de ejército armado sonaba 'Pobre Diablo', de Julio Iglesias. O aquella otra alumna a quien, en su primera entrevista de trabajo, le preguntaron: ¿Cuál es tu principal defecto? Y ella contestó: “Soy celosa”. 

Todos esos gestos y escenas no solo cincelaban sus miserias, sino que prometían el don de la escritura. Una promesa felizmente cumplida ahora que leo sus trabajos de final de máster. La historia de ese abuelo partisano que escapó a nazis y fascistas, que bebe agua de fuente con sirope de grosella en un monte trentino mientras adorna el siglo XX (que es su vida). O la rutina de casos de homicidio de ese fiscal de clase obrera que tiene 200 camisetas de fútbol, guarda la edición completa de clásicos de Gredos, podría pedirle matrimonio a una amiga (“porque a veces esas cosas se hacen con gente con la que tienes amistad”). O esa chica que huyó de un padre ogro en su país latinoamericano y que, para pagar la matrícula del posgrado, miró la receta de los alfajores en Youtube y los vendía en el ferrocarril rumbo al campus. O ese luchador grecorromano del barrio del Bon Pastor o esas vidas revolucionadas por la PAH o esos avistadores de ovnis en Montserrat.

Textos talentosos y valientes que demuestran que el mundo, ese que insiste en infantilizar sus universidades y provocar anemia en sus diarios, necesita narradores y periodistas que nos ayuden a entenderlo, a sufrirlo, a tolerarlo. A, incluso, disfrutarlo.