11 ago 2020

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al contado

Un  grupo de jubilados protesta ante el Comgreso de los Diputados el pasado día 22.  

¿Y si los pensionistas protestan en las urnas?

Agustí Sala

¡Quién iba a decirle al Gobierno que corre más riesgo en la España del crecimiento poco inclusivo del 3% que en la de la crisis!

Todo el mundo tiene un límite. También y, especialmente, los pensionistas. Hartos de ninguneos y de que no se les retribuya de forma justa por el esfuerzo que realizaron cuando estaban en activo, han agotado su paciencia y pueden convertirse en un ejército dispuesto a defender sus intereses.

Esas personas que en muchos casos han sostenido familias durante la crisis haciendo magia con una pensión modesta alzaron la voz el pasado día 22. Y están dispuestos a seguir haciéndolo. No se lo esperaba ni la ministra de Empleo, Fátima Báñez; ni su jefe, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Ni otros protagonistas de la actividad política, que se habían acostumbrado a ver a los pensionistas como un elemento del paisaje, poco molesto, y al que solo se recurre cuando hay elecciones. Como hacen con una gran parte de la sociedad, que carece de la capacidad de organizarse para hacerse oír y denunciar sus problemas.

Y es que los jubilados (5,9 millones) y el conjunto de los pensionistas, que llegan a 9,6 millones si se incluyen la incapacidad permanente, las prestaciones de viudedad, las de orfandad o las que son en favor de familiares, han dado un puñetazo sobre la mesa porque están cansados de que se les trate como muchas empresas tratan a los pequeños inversores, que solo rellenan las salas donde se celebran las juntas de accionistas.

Carta y provocación

En esta ocasión quieren hacer llegar su descontento a los miembros del consejo de administración del país que han construido con años de trabajo. Uno de los detonantes de la protesta, que aglutinó a miles de personas en más de 70 ciudades, ha sido la carta remitida por Báñez en la que comunica la tacaña subida de las pensionesEse raquítico 0,25% que sirve a la ministra para defender que las prestaciones no han perdido poder adquisitivo, cuando ha sucedido lo contrario. En muchos casos cuesta más la misiva que el aumento mensual que los destinatarios notan en su bolsillo, si es que es posible por su exigüidad.

Podría parecer una provocación. Seguramente que no era el objetivo, pero así ha sido. Quizás es una de esas estrategias con las que el Gobierno aspira a mejorar su comunicación y remontar en las encuestas, como ha dicho, pero, desde luego, peor no lo podía hacer.

Las movilizaciones son un toque de atención. Ha despertado un ejército de cabreados, muchos de los cuales integran el caladero de votos del PP, que puede acabar canalizando su furia a través de una respuesta masiva en las urnas ¡Quién iba a decirle al Gobierno que corre más riesgo en la España del crecimiento poco inclusivo del 3% que en la de la crisis!