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Aunque unida por el objetivo de un Estado propio para Catalunya, la tribu 'indy' se divide en tres grupos. No dos, sino tres. A un lado el grupo A, compuesto por quienes votan independencia como último recurso para cambiar la relación con el Estado. En el otro extremo, el grupo C, los que consideran que el 1-O tuvo lugar un referéndum válido de autodeterminación y que el 27-O se proclamó la república. En medio, el grupo B, los que juzgan insuficientes los poco más de dos millones de votos independentistas.

Volvemos a encontrar los mismos tres grupos en relación a los costes que están dispuestos a asumir. Los del grupo A creen que ya se ha pagado un precio bastante caro, tanto por la represión desencadenada como en autogobierno. Los del B pretenden minimizar los costes. Los del C, en cambio, seguros de un inminente derrumbe de España, presionan para pisar el acelerador de la desobediencia y la agitación y asumir los costes adicionales -en el mantenimiento del 155, en el número de represaliados e incluso en la economía- con la cabeza bien alta.

Fijémonos finalmente en la divergencia de las hojas de ruta, implícitas o declaradas. Los del grupo A pleitean a favor de una legislatura de pausa en el 'procés' con el fin de sentar unas bases más estables, si es preciso con rebaja de objetivos (vuelta al soberanismo o desarrollo de ideas incipientes como la asociación unilateral). La cuestión es pasar de debajo del Estado a situarse a su lado. Los del B, reconfortados de todos los daños sufridos por la internacionalización del conflicto, se proponen mantener la tensión dentro de los límites de la ley como forma de incrementar la mayoría relativa y convertirla en absoluta. Los del grupo C pretenden provocar un aumento de la represión hasta límites explosivos.

Los apoyos de Torrent

Grosso modo, si así se pueden interpretar las encuestas de opinión y los sondeos, podríamos cifrar el grupo A y el C en un 25% de los votantes independentistas para cada uno. El resto, una mitad aproximada del total, se adscribe al grupo B. Dada la falta total de líderes políticos o mediáticos del grupo A, desprovisto, ni es preciso decirlo, de cualquier tipo de organización, sus efectivos no tienen otro remedio que seguir a los líderes del grupo B. Son los del B quienes finalmente se han destapado y muestran su pragmatismo en público, aunque de forma más bien tímida. El político más representativo del grupo B, y por falta de uno propio también de la A, es el presidente del Parlament, Roger Torrent. Tanto ERC como el PDECat le apoyan -sin desmarcarse mucho del grupo C ya que sus votos son imprescindibles-.

Las divergencias de fondo entre los tres grupos de la tribu 'indy' persistirán, pero están destinados a proseguir unidos para no sucumbir ante la imperturbable fuerza del estado. De modo que Carles Puigdemont no dispone de mucho margen para pactar una presidencia simbólica -de lo que sea- si no quiere convertirse en el héroe del grupo C y al mismo tiempo en el palo en las ruedas del A y del B. Por no hablar de los palos que apalean.

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