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IDEAS

La escritora brasileña Clarice Lispector.

Regreso a la infancia

Jenn Díaz

Entre la voz de los niños y la voz de los ancianos, la prudencia. En literatura, los que asumen riesgos, se exponen, no tienen filtro y son del todo incorrectos siempre son, o acostumbran a ser, los niños, los adolescentes y la gente mayor. Unos, por desconocimiento. Otros, por ansias de libertad. Los últimos, porque han perdido el miedo y la experiencia los ha librado de los tabúes y los secretos inconfesables. Trabajar la voz desmesurada y llena de vida de los niños, en literatura, no es sencillo. Hay un trabajo de recuperación, un ejercicio de memoria; sin descuidar, eso sí, la lucidez que uno necesita para tener la palabra justa y no volver al niño un sabihondo.

La 'Antología literaria para regresar a la infancia' es un catálogo de cómo la voz de un niño no tiene nada de inocente, de cómo la voz de una niña no renuncia a la ambición de una buena historia. Los narradores son maestros: Sylvia Plath, Roald Dahl, Clarice Lispector, Anton Chéjov, Svetlana Aleksiévich, entre otros. Encontrar la voz justa de la infancia es uno de los retos más difíciles de la literatura, pero da muchas satisfacciones. A los niños no se les cuenta toda la verdad, a los niños se le da la información necesaria sin demasiados detalles. De modo que los niños deben estar atentos, de modo que los niños deben descubrir la verdad por ellos mismos. El juego literario está servido: aquello que los adultos quieren ocultar, aquello que los niños necesitan saber.

Intentar descifrar al niño es lo más complejo, precisamente porque es al niño y a la niña al primero que olvidamos, al primero que renunciamos, y al que nos cuesta volver. ¿Cómo llegar alguna vez a conocer al niño? —se pregunta Clarice Lispector en su relato incluido en la antología, 'Niño dibujado a la pluma'. Para conocerlo tengo que esperar a que se deteriore, sólo entonces estará a mi alcance. Míralo —sigue—, un punto en el infinito. Los enamorados de las voces infantiles —que no dóciles, que no ingenuas, que no sencillas— celebramos la idea y la selección de J. L. Badal. Los niños, como el antólogo dice en su prólogo, nunca son imperfectos, como una nube.

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