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LA CLAVE

Detención, el pasado septiembre en Vinaròs, de un colaborador con la célula de Ripoll.

EFE / DOMENECH CASTELLO

La canción de Romand

Luis Mauri

Algunos dirigentes del 'procés' se encastillan en el rezo de un rosario de cuentas mágicas: la impostura crece y crece y la bola ya lo cubre todo

Un frío día de enero, el doctor francés Jean-Claude Romand, eminente investigador de la Organización Mundial de la Salud, esposo modélico, padre ejemplar, un burgués apacible y respetado, decidió obrar algunos cambios en su vida. Su propósito le iba a mantener ocupado casi toda la jornada. Por la mañana, asesinó a su mujer y a sus hijos. Por la tarde, mató a sus padres. Y al término del día, fracasó en el intento de suicidarse.

Resultó que Romand no era doctor. En la OMS nadie había oído jamás su nombre. Romand salía cada mañana de casa con su traje y su maletín, pero no iba a trabajar. No tenía ningún empleo. Durante el día, se refugiaba en los bosques del Jura. Por la tarde, regresaba al hogar. La vida acomodada de la familia se sufragaba con las sumas de dinero que los parientes y los amigos confiaban a su supuesto buen olfato inversor. 

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La vida de Romand, relatada por Emmanuel Carrère en El adversario (Anagrama, 2000), es la historia de una impostura. Todo comenzó, relataría él mismo al tribunal que le condenó a cadena perpetua, con una mentira de estudiante. Fingió que había aprobado un examen de medicina que en realidad suspendió. A partir de entonces, la falsedad creció como una inmensa bola de nieve hasta que cubrió su vida entera. Y llegó el día en que se sintió incapaz de afrontar la sola idea de la decepción que había de causar a aquellos a quienes había defraudado.

Pensé en Romand al escuchar la teoría conspiratoria que apadrinan Carles Puigdemont y la exdiputada de la CUP Mireia Boya. Según ambos sugieren, los atentados del 17 de agosto en Barcelona y Cambrils habrían sido cometidos poco menos que con la complacencia, cuando no la contribución, del Estado para enturbiar la marcha del procés.

Descoordinación policial

Seis meses después del 17-A, quedan 18 ausencias irreemplazables y un puñado de puntos oscuros en la investigación. El principal es la tan intolerable como atávica descoordinación policial. Los Mossos no tuvieron acceso a los datos de la Policía Nacional sobre el imán de Ripoll. Pero tampoco consideraron oportuno solicitarlos de forma expresa cuando la policía belga, interesada por Es Satty, se dirigió a la catalana.

Armar dicha acusación con estos mimbres y sin una sola prueba entronca con la impostura romandiana. Como Romand, algunos dirigentes del procés y sus entusiastas propagandistas se encastillan en el rezo de un rosario de cuentas mágicas: la independencia era pan comido, las empresas se iban a pelear por establecerse en la Catalunya de la DUI, Europa abrazaría amorosamente al nuevo Estado, España quedaría sin capacidad de respuesta, la CIA no avisó a los Mossos del riesgo de atentado en la Rambla, este fue una operación encubierta de terrorismo de Estado… La bola crece y crece y ya lo cubre todo.