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La difícil gestión del gobierno municipal

El mandato roto de Ada Colau

Joaquim Coll

La alcaldesa no es capaz de satisfacer las expectativas en el terreno social, sobre todo en vivienda

Si la alcaldesa no consigue dentro de un año renovar su mandato en las urnas, y difícilmente lo logrará si su lista no es la más votada, podrá formularse una nueva ley de hierro de la política municipal, cuyo enunciado sería: los alcaldes de Barcelona que no consiguen formar gobierno con mayoría absoluta (21 concejales sobre 41) pierden el poder en las siguientes elecciones.

Esto es lo que viene sucediendo desde el 2007. Primero le ocurrió al socialista Jordi Hereu, que no logró reeditar el tripartito de izquierdas, proyectando una imagen de debilidad que le llevó a meterse en la disparatada consulta sobre la Diagonal. Fue derrotado por el convergente Xavier Trias en el 2011, que a su vez gobernó de forma aún más precaria tras romper un pacto inicial con el PP (el procés empezaba ya a triturar cualquier política de alianzas) y perdió la alcaldía en 2015 a manos de Ada Colau. Y ya saben el dicho, "no hay dos sin tres". 

Este es el primer mandato en democracia en el que no se aprueba ni un solo presupuesto por la vía ordinaria

La victoria más frágil

Pese a haber obtenido la victoria más frágil desde 1979, con solo 11 concejales, la líder de los comuns resultó elegida alcaldesa en primera votación porque tanto republicanos como socialistas y cuperos no quisieron negarle la legitimidad del cambio que encarnaba frente a Trias. Sin embargo, tres años después, Colau sufre un aislamiento total tras romper el pacto con el PSC de Jaume Collboni. Para comprobarlo basta con escuchar el tono de las intervenciones de toda la oposición en el pleno de hace unas semanas que debatió el presupuesto de 2018, seguido de la moción de confianza que la alcaldesa planteó por segunda vez para sacar adelante las cuentas ante la imposibilidad de prorrogarlos. 

Este es el primer mandato en democracia en el que no se aprueba ni un solo presupuesto por la vía ordinaria. No había pasado nunca. Sin duda, Colau no lo tenía fácil porque la fragmentación política del consistorio y el envite separatista no invitaban a alcanzar acuerdos, como se vio enseguida tras el rechazo unánime al PAM, pero la alcaldesa tampoco ha demostrado capacidad de liderazgo y diálogo, ni de gestión resolutiva, ni ha verbalizado nunca un proyecto de ciudad de largo alcance. La impresión general es que afronta el tramo final del mandato políticamente malherida, una vez que ha perdido la frescura y el crédito que tenía al inicio. 

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Promesas insatisfechas

Su mayor problema es que no es capaz de satisfacer las enormes expectativas generadas por sus promesas en el terreno social, particularmente en vivienda. El discurso con el que ganó las elecciones partía de una afirmación equivocada sobre la capacidad competencial que tienen los ayuntamientos para dar respuesta a muchas situaciones que son el resultado del cruce entre políticas estatales o autonómicas y la actuación de los agentes económicos sobre el terreno, por ejemplo, en los procesos especulativos que afectan a barrios como Sant Antoni. El resultado de esta frustración se expresa en algunas manifestaciones con el cartel, "Ada no hace nada". 

A los inconvenientes de prometer la luna, se añade el desprecio hacia la gestión municipal, fruto de una cultura izquierdista que no ha considerado importante que sus líderes tuvieran capacidad técnica. El resultado es que hasta el 2019 Colau habrá construido menos de 500 pisos sociales frente a los 4.000 que hizo Hereu o las 40 guarderías que pudo exhibir este último frente a las 10 que tal vez se terminen en este mandato. La alcaldesa sabe que sin su fama de activista antidesahucios no hubiera ganado en el 2015, pero también que este tema puede ser su talón de Aquiles. Y de ahí el anuncio de instalar contenedores habitacionales prefabricados en solares de propiedad municipal para intentar satisfacer la demanda de vivienda social, que se sitúa en 30.000 personas. Como todo lo que suena a improvisación, corre el riesgo de acabar siendo una fuente de problemas.

El daño del 'procés'

En el plano más político, Colau no ha querido reinventar el maragallismo. Después del acuerdo con el PSC, pareció que esa iba a ser la estrategia, pero la alcaldesa no ha sabido situar a Barcelona por encima de la dinámica destructiva del procés, que liquidó la opción de acoger la Agencia Europea del Medicamento. Tampoco ha querido darse cuenta de que con su retórica, tan sumisa al independentismo, ha contribuido a dañar la reputación internacional de la ciudad, que sufre hoy una perdida de atractivo turístico e inversor. 

El mandato de Colau está roto porque difícilmente va a poder presentar ningún gran activo en el 2019, tampoco en obras emblemáticas como el tranvía. Cunde la sensación de que su alcaldía se ha convertido en otro factor más de incertidumbre en Catalunya. 

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