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La demostración de poder bajo la competición deportiva

El lado oscuro del olimpismo

Xavier Bru de Sala

Los Juegos de Invierno propician una falsa hermandad entre las dos Coreas y no tardaremos en comprobar hasta qué punto habrán reforzado el belicismo

Todo empezó en un árido valle del Peloponeso. La idea fundacional consistía en confrontar las habilidades de los contendientes sin que corriera la sangre. Los ganadores se proclamaban a partir de medidas objetivas. Quién corría más, quién saltaba o lanzaba más lejos la jabalina o el disco. Se incluían carreras hípicaspentatlónlucha libre y otras modalidades reguladas de combate cuerpo a cuerpo. Los Juegos eran democráticos, es decir, abiertos a la participación de todos los ciudadanos libres. ¿Dónde estaba el lado oscuro?

Los Juegos ya se celebraban cada cuatro años. Eran mucho más importantes que en la actualidad. Atraían a miles de espectadores, comportaban treguas obligadas en las guerras, la paralización de la vida pública en las ciudades griegas. Los Juegos unían ciudades rivales en una festejo en común bajo el signo de la confraternización. Olimpia era territorio sacro. Competiciones de atletas, ofrendas a los dioses. En Olimpia brillaba la famosa estatua de Zeus de Fidias, considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo. Una colosal figura de oro que parecía que se fuera a levantar. ¿Dónde estaba el lado oscuro? 

El olimpismo va de poder, de dominio del más fuerte, de la intimidación que propicia el abuso

Paz y concordia

Los atletas entrenaban a lo largo de diez meses, pronunciaban juramentos sagrados, daban el máximo de ellos mismos y competían bajo la atenta vigilancia de los árbitros, que castigaban a los tramposos. Organización sofisticada. Ritual. El espíritu panhelénico de la antigüedad era comparable al espíritu de paz y concordia universal que preside los Juegos de la actualidad. En Corea, incluso aprovechan los Juegos de Invierno para unir bajo la llama olímpica a las dos mitades del país más dividido del planeta. ¿Dónde está el lado oscuro? 

El lado oscuro también es de origen griego. Si las ciudades se esforzaban tanto en seleccionar a sus mejores atletas, y si ellos lo daban todo para alzarse con la victoria es porque los vencedores se consideraban ungidos por los dioses y, por tanto, invencibles en la guerra. La ciudad con mejor palmarés pasaba a ser considerada la máxima potencia, a la que más valía no enfrentarse. El prestigio adquirido, el poder afianzado con demostraciones de superioridad. Exactamente como ahora.

Entrevemos el lado oscuro si consideramos que los Juegos no sirvieron para evitar una larguísima guerra entre las mismas ciudades griegas que firmaban y violaban a continuación tratados de paz de 30 o 50 años. La Guerra del Peloponeso fue tan feroz y destructiva que terminó con el agotamiento de todos los contendientes, antes aliados, todos ellos olímpicos. Quedaron tan debilitados que pronto se tuvieron que someterse a los poderes extranjeros. Desde la Macedonia de Filipo y su hijo Alejandro Magno y el posterior control de Roma, hasta la interminable dominación de los turcos que dejó el país aniquilado, incapaz de incorporarse a la modernidad europea. 

Rivalidad y confrontación

Si observamos el interior del propio espíritu olímpico encontraremos un núcleo oscuro, muy bien envuelto por sabrosa pulpa. Por mucho que se revistan de fraternidad universal, los Juegos Olímpicos no dejan de ser una derivada amable de la confrontación entre naciones rivales, de las cuales mide y ensalza la superioridad. En la paz, pero si se tercia en la guerra.

Las guerras no se producen a pesar del espíritu olímpico o al margen del olimpismo, sino que el olimpismo tiende a favorecerlas con su competencia exacerbada y los rituales de los desfiles con grandes banderas. Esto no ha cambiado en absoluto. Con el señuelo de la fama, los países encierran a las jóvenes promesas que se dejan engatusar en granjas de alto rendimiento con el propósito de convertirlos en máquinas de competir más allá de los límites razonables del cuerpo. La avidez de medallas es tan malsana como el recuento posterior. Con la excusa de la fraternidad, el olimpismo mesura el poder de las naciones. La capacidad económica y militar, pareja a la deportiva, que debería ser valorada según el número de ciudadanos que practican deporte como componente esencial de una vida sana. El olimpismo va de poder, de dominio del más fuerte, de la intimidación que propicia el abuso.

Moneda falsa

Las buenas intenciones son siempre loables. La culpa no es del barón de Coubertin ni de los atletas. El lado oscuro es tan antiguo como lo atractivo de la competición. Pero es mejor no dejarse engañar. Si el fondo del olimpismo no fuera más oscuro de lo que parece, el simbolismo sobre el poder tampoco haría temblar.

Los Juegos de Invierno propician una falsa hermandad entre las dos coreas. Sonrisas, optimismo, distensión. Moneda falsa. No tardaremos en comprobar hasta qué punto el espíritu olímpico habrá reforzado el belicismo, y no solo el de Corea del Norte.

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