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ANÁLISIS

Cristiano Ronaldo y Neymar se abrazan tras el duelo de ida de octavos de la Champions.

AFP / GABRIEL BOUYS

Campo pequeño, equipo pequeño

Jordi Puntí

El Barça se comportó como un bloque menor forzado por las circunstancias y el duelo contra el Chelsea

Qué sensación tan rara, ver un partido y querer que los dos equipos pierdan, cuando no te gustaría ni un empate y el más simpático -como mínimo al principio- es el árbitro... Eso es exactamente lo que me ocurrió el pasado miércoles, viendo al Real Madrid enfrentándose al París Saint-Germain en la Champions, y en realidad el resultado más justo habría sido una derrota de ambos.

El PSG mereció perder porque empezó jugando con carácter y mucho peligro, pero una vez Rabiot consiguió el primer gol, el equipo bajó una marcha, Neymar se diluyó y de hecho era como si estuvieran jugando en la apacible liga francesa. En cuanto al Real Madrid, mereció perder porque estuvo penando toda la primera parte, bailado por los franceses, y un penalti teatral que el árbitro compró, junto con unos cambios acertados, abrieron la puerta a un 3-1 de última hora.

La falsa contundencia

Los blancos, pues, ganaron con la misma falsa contundencia que la temporada pasada les llevó a lo más alto -un espejismo que tendrán que ratificar en París-, y de hecho esto es lo interesante: ¿en qué medida cada partido puede verse como un resumen de toda la temporada de ese equipo?

Uno podría pensar que el éxito (y el trabajo de un entrenador) es saber combinar a menudo un estilo definido, que te identifique, con la capacidad de cambiar según las circunstancias. Ser flexible sin perder la identidad. Ayer, en Ipurua, asistimos también a algunas variaciones raras de los de Valverde.

Muchos hubiéramos querido que el Barça se quitara ese dominio de encima

En un campo pequeño, el Barça se comportó como equipo pequeño, quizá forzado por las circunstancias y la presión mental del próximo martes en Champions. En bastantes fases del partido, el Eibar de Mendilíbar combinaba como si fuera el Barça, dominaba la posesión, y el equipo azulgrana defendía con un Piqué majestuoso, y convencidos de que los de arriba cazarían alguna. Así fue con el gol de Suárez, y poco después Messi vio como el palo repelía toda la dificultad técnica que entrañaba su tiro.

Muchos habríamos querido que el Barça se quitara ese dominio de encima y empezara a tocar y tocar, pero parece que el equipo lleva varias jornadas ahorrando talento, y por una vez se sintió estable, casi cómodo, en el sufrimiento defensivo. Además, por mucha intensidad que le pusiera el Eibar, sus jugadores no llegaban a crear mucho peligro.

Estrategia de adaptación

Puede que Valverde arriesgara demasiado con ese aire defensivo, pero no hay que descartar que todo fuera parte de una estrategia de adaptación. Ipurua es hoy el estadio más británico de la primera división: con aires de viejo Atocha, con sus gradas encimadas en el terreno y su carácter popular, bien podría ser el estadio del Charlton Athletic o del Ipswich Town. Old Football.

Durante 90 minutos, pues, el Barça estuvo jugando como si, de hecho, participara en la FA Cup inglesa y le hubiera tocado un hueso en la eliminatoria. Igual que hizo el Chelsea el pasado viernes en Hull. Ahora, tras haberse curtido en tierra difícil, llega la hora de jugar en el césped suave como el terciopelo de Stamford Bridge y volver a ser el Barça de las grandes ocasiones. Allí más que nunca -¿verdad, Iniesta?

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