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LA CLAVE

No jueguen con las cosas de convivir

Enric Hernàndez

Dinamitar la inmersión lingüística por la puerta de atrás, vía 155, pondría en jaque tres décadas de pacífica integración social

Mucho tardaba el Gobierno en sacar provecho político del 155. El cisma independentista, que empantana la investidura y la restitución autonómica, ha dado pie al Ejecutivo para anunciar su propósito de potenciar la enseñanza del castellano en Catalunya. Movimiento táctico que, en plena refriega con Ciudadanos, mete presión al independentismo para que entierre de una vez por todas la candidatura imposible de Carles Puigdemont. Pero no solo.

Desde el fallo del Constitucional contra el Estatut, que descerrajó el blindaje del catalán en la escuela, el PP intenta ganar en los tribunales lo que pierde en las urnas. La inmersión lingüística goza en Catalunya de un amplio consenso social y político: el Parlament la aprobó en 1983 con solo dos votos en contra, y la ratificó en el 2009 con el apoyo del 80% del electorado. Aún hoy sus detractores, Cs y PP, no alcanzan el 30% del voto.

Hasta ahora, la resistencia numantina de la Generalitat ha neutralizado los embates judiciales dirigidos a alterar el equilibrio lingüístico en la escuela catalana. Pero si al fin el Gobierno se sirviera del 155 para subvertir por la puerta de atrás el sistema educativo, imponiendo una segregación estudiantil rechazada por la comunidad escolar, los daños para la convivencia social serían incalculables.

La inmersión, que de acuerdo con las estadísticas oficiales no menoscaba el conocimiento del castellano en Catalunya, es ante todo una herramienta al servicio de la igualdad, pues garantiza que todos los alumnos, sea cual sea su origen o lengua familiar, dominen los dos idiomas oficiales al acabar sus estudios. Lo que se traduce en igualdad de oportunidades laborales y en equiparación social.

¿COMUNIDADES SEPARADAS?

Igual que el unilateralismo independentista ha hecho despertar un nacionalismo español largamente aletargado en Catalunya, trazar fronteras lingüísticas en las aulas contribuiría a conformar dos comunidades identitarias, mañana separadas y pasado, tal vez, enfrentadas entre sí. Adiós a tres décadas de pacífica y próspera integración social.

Mensaje final para (todos) los políticos: con las cosas de convivir no se juega.

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