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HOY JUEGAS

El Camp Nou de mi abuelo

Ignasi Fortuny

Cada vez somos más los del «odio eterno al fútbol moderno». Porque faltan abuelos en los estadios. Y faltan sus nietos.

Solía ser domingo por la tarde. Era el fútbol A. T. (antes de Tebas). Pasaba a buscarnos por casa, donde mi hermano y yo hacíamos tiempo envolviéndonos nuestras bufandas cual casteller su faja. Timbre, ascensor y empezaba el viaje hacia la misa de domingo del ateo. En el portal aguardaba mi/nuestro abuelo Jordi, antes padre y ahora bisabuelo, con una repleta riñonera de propaganda. Nunca en tan poco espacio ha entrado tanta materia: bocatas, latas de refresco y una cerveza. Hoy, sin duda, sería tratada por la seguridad del estadio como un objeto peligroso. Eran tiempos en los que en la grada del Camp Nou se veían bocadillos de butifarra fuera la hora que fuera. Ahora, abundan las palomitas. Sigamos con el trayecto. Andábamos, nos metíamos en el metro, sobrevivíamos, y bajábamos en la misma parada que lo hacía la infanta Cristina cuando iba a trabajar, en la de su antepasada Maria Cristina. Con el tiempo justo, un mal endémico en mi familia, hacíamos a la carrera la caminata hasta el coliseo, el que ha visto con la misma camiseta al Padre (Cruyff), al Hijo (Guardiola) y al Espiritu Santo (Messi). 

Una imagen definía el paso del tiempo. Agarrándonos la mano, mi abuelo nos arriaba a toda prisa. Años después, nosotros lo arriábamos a él. Una vez en el Camp Nou, aplicábamos el «uno para todos». Un carnet de socio, tres culés en el estadio. Era antes de que para entrar con un menor al estadio necesitaras llevar la cartilla de vacunas. Eso sí, nos hemos ahorrado titulares de muertes de niños. No faltaba el puro de cortesía al señor de la puerta. Nunca un soborno había estado tan mal pagado. Y ya estábamos, compartiendo Gol Nord con «nanos molt macos», y viendo el cogote de Dutruel

Ahora, en las gradas cuesta ver a abuelos con sus nietos. Puede que esta odisea contada en primera persona, cada vez con más vallas por el camino, no sea apta para ellos. Por eso, cada vez somos más los del «odio eterno al fútbol moderno». Porque faltan abuelos. Y faltan sus nietos.

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