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IDEAS

Fuego de Fallarás

Miqui Otero

Era la primera vez que pisaba una redacción de periódico, así que deambulaba entre los ordenadores como un gaviotín desorientado cuando alguien pinzó mi hombro antes de que me estampara contra la ventana. Y me dijo:

-¿Tienes fuego?

Miré a la mujer, una cascada de lava erupcionando desde su cabeza volcán, derramándose por los laterales y salvando sus ojos azules, y contesté:

-No sé.

Porque no lo sabía y porque respondí azorado. Cristina Fallarás, con su melena pelirroja, fue una de las personas que me ayudaría a averiguarlo. Si tenía fuego o no. O, en otras palabras, si podía escribir. Aunque en ese momento, primavera del 2002, probablemente solo quería prenderse un Lucky.

Desde entonces, Fallarás me explicó a su manera que las pirámides las construyeron los esclavos y no hay por qué respetar la tan periodística pirámide invertida mientras quien teclea se respete a sí mismo y respete al lector. Que un primer párrafo no tiene por qué decir qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué, porque es posible que nada sea tan infantiloidemente sencillo y porque los textos deben arrancar como se enciende un mechero. Con chispa. Dijo Kingsley Amis que él no tenía tiempo para leer algo que no empezara con la frase "Se oyó un disparo".

De Fallarás fascinaba su exceso fértil. Era cuando, con mueca de aristócrata desclasada, decía al teléfono "Fallarás, con A" si quien había al otro lado era un un cretino al que quería intimidar. También cuando solía llevar ese monedero de escamas plateadas, cuando me decía que yo hacía cosas de pobre (con una sonrisa que era emoticono irónico) y cuando su consejo era siempre no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy (como cobrar el cheque de esa beca a primera hora para seguir de bares con los amigos).

Por alguna razón, cuando el niño descubre que los Reyes Magos son los padres, no se pregunta quiénes son esos padres

Fallarás publica hoy 'Honrarás a tu padre y a tu madre', donde explora su historia para entender la Historia, los bisbiseos en su familia para desentrañar los elocuentes silencios y las oportunistas amnesias del país. Lo hace a tumba abierta en un país de fosas vetadas. Antepasados que fueron presidentes de México, campanitas de plata bruñida para el servicio, pijas taradas por la poliomelitis, humildes tramoyistas fusilados al amanecer, piscinas de riñón con camino de lascas planas, fascistas con gafas de folclórica, abnegadas niñas fregonas de manos eccemosas, bares de moteros de madrugada. La no tan sutil diferencia entre tener dinero y ganarlo. Entre ser un desgraciado y un infeliz. Entre aplicar un filtro favorecedor a un 'selfie' y estudiarse en el espejo del ascensor un mal día.

Por alguna razón, cuando el niño descubre que los Reyes Magos son los padres no se pregunta quién son, en tal caso, esos padres. Y de dónde viene el dinero de los regalos que aparecen a los pies de su cama. Entender los apellidos es mirar en la nevera de una familia para adivinar cómo crecerán los que la integran. Cristina Fallarás, con A, bestia inteligente, cabeza en llamas, explica su historia que es la nuestra y que es, también, la de quien no encontró fuego ese día pero busca hoy palabras que honren la enorme valentía de su libro. 

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