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ANÁLISIS

Uno de los nuestros

Antón Losada

Por si a alguien le quedaba alguna duda sobre la lealtad de Luis "sé fuerte", ahí queda su magistral actuación para ratificar la película de ciencia ficción relatada por Ricardo Costa ante la Audiencia Nacional y que, más o menos, sonaba así: lo confieso, señoría, no me torturen más; tan pronto supe de nuestra financiación en B en València a mayor gloria del peculiar Paco Camps, con gran dolor de mi corazón, corrí a denunciarlo a la sede nacional donde Luis Bárcenas, nuestro eficaz y discreto gerente, me conminó a no incurrir en semejantes prácticas porque en el Partido Popular de Mariano Rajoy la corrupción está totalmente prohibida y no queremos ser como el PSOE y amparar un Filesa 2.

Como nos hemos cansado de vaticinar en estas mismas paginas, la Gürtel y València mueren en Bárcenas y Camps; dos de los nuestros, hombres de partido que sabían a qué se exponían y prefieren apencar con su parte siguiendo las reglas del partido a perderse en el olvido de los arrepentidos. Hace mucho frio fuera del cobijo popular y Rajoy parece confiado en que podrá repetir el modelo en Madrid. Pero teniendo en cuenta que asistimos a una autentica guerra de bandas y le toca a Esperanza Aguirre ser uno de los suyos y proteger al partido con su testimonio, quién sabe si no preferirá la venganza y arrastrar a su odiado presidente al abismo.

En países con tradición autoritaria y más años de dictaduras que de regímenes democráticos la desconfianza y el desprecio por la política es un rasgo persistente en su cultura política. España no supone una excepción. En las épocas de bonanza nos reímos de los políticos y desconfiamos de su honradez. En las épocas de crisis les despreciamos y aplicamos la presunción de culpabilidad mientras recompensamos a cualquier aventurero que prometa darles caña. En nuestra memoria, la dictadura del pasado siempre parece más barata y la democracia de hoy siempre nos sale muy cara. Así se institucionaliza la corrupción.

El resultado es una política basada en una 'mediocricracia' que atrae mayoritariamente a mediocres u oportunistas y un sistema de partidos infrafinanciado, donde preferimos la corrupción que pagamos pero no vemos a las subvenciones que pagamos, vemos y podríamos controlar. Si sale barata o cara conforma el principal criterio para distinguir la buena política de la mala.

Lejos de asumir el coste de explicar que la buena política se paga y para mantener la ficción de que es posible la calidad democrática a base de voluntariado, los partidos han optado por convertir su financiación en un agujero negro regido por un único principio: corrupción que no se ve, corrupción que no existe. Los líderes no hacen preguntas y los responsables de las cuentas hacen y deshacen sin tener que dar explicaciones mientras corra la pasta. Aunque ninguno ha institucionalizado la corrupción con la profesionalidad acreditada por un PP donde cada quien sabe perfectamente qué ha de hacer para seguir siendo uno de los nuestros.

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