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ANÁLISIS

Lo que voy a contar puede herir sensibilidades. Es más, espero que las hiera. Es muy probable que las mujeres, algunas tal vez menores, que practicaron sexo con trabajadores de Oxfam en Haití, lo hicieran para obtener favores que de otra manera les serían esquivos. Aceptaron encerrarse en bacanales para conseguir algún dinero con el que llevar comida a sus casas o tal vez porque significaba salir del infierno en un país devastado por un terremoto y otras muchas guerras. Desesperadas, es muy probable también que ninguna de ellas fuera prostituta profesional, solo víctimas del momento. Lo que es seguro es que los hombres que las prostituyeron, sabían todo eso y estuvieron encantados de utilizar su poder para atraerlas a una realidad obscena y mísera, como si no las estuvieran llevando a otro infierno.

Todos los que hemos trabajado en contextos de vulnerabilidad extrema, incluyendo zonas de conflicto, sabemos que la ayuda en manos perversas acaba en abuso de poder y la explotación sexual no solo es el más antiguo, seguramente es también el más extendido. Ojo, no estoy diciendo que lugares de conflicto infinito como Somalia Congo sean inmensos prostíbulos donde se pueda ir ofreciendo dinero a cambio de sexo por las esquinas. No; hay mucha más dignidad que todo eso. Lo que me gustaría explicarles es que allá donde la situación humana es más crítica, las mujeres -las menores aún más- son muy vulnerables al abuso, entre otras cosas porque en la mayoría de los casos no tienen otra alternativa. En cada uno de estos contextos la prostitución no es un verbo reflexivo: no son mujeres que se prostituyen, sino hombres que abusan, aunque el dinero pueda engañar insinuando que hay consentimiento. Quien no entienda esta ecuación tan sencilla, una de dos: o no puede trabajar en una organización humanitaria o es perverso.

Las organizaciones de ayuda y sobre todo las que llevan años enfangadas en contextos de miseria extrema y devastación lo saben. De hecho, hace más de 15 años un estudio sobre la vulnerabilidad de los refugiados y el comportamiento de algunos trabajadores humanitarios en Guinea, Liberia y Sierra Leona puso en alerta a toda la comunidad de ayuda internacional. El abuso sexual y la explotación de menores no era un fenómeno generalizado, pero a pesar de la buena voluntad ocurría, también, entre las organizaciones de ayuda. Entre los miles de refugiados de aquel conflicto en el Oeste de África un testimonio explicaba en mal inglés como “los grandes hombres aman a las niñas, las llaman cuando van caminando por la carretera. Ellas se meten en sus casas y cierran la puerta. Cuando los hombres grandes han acabado su trabajo, las niñas salen con dinero o un regalo”. A los que dirigíamos en aquella época organizaciones de ayuda, testimonios hirientes como este nos pusieron frente a un dilema que hasta entonces no se había planteado, al menos con tanta fuerza, porque el hecho de ser organizaciones que trabajan para reducir la vulnerabilidad y devolver la dignidad a las personas, nos hacía pensar que estábamos exentos de prácticas siniestras. ¡Qué ingenuidad!

Códigos y protocolos

Reconocimos la evidencia, empezamos a perfeccionar códigos de conducta y a revisar protocolos para evitar que comportamientos así pudieran pasar desapercibidos. Pero el riesgo cero no existe y todos sabíamos que nada de eso sería suficiente si al mismo tiempo no tomábamos medidas contundentes, cuando se produjeran casos.

Es lógico que ahora el índice acusador apunte a Oxfam y su sombra planee sobre todo el resto de organizaciones. No podemos evitar todas las conductas depravadas, pero desde la distancia intuyo al menos tres errores. El primero fue ocultar al público la evidencia conocida internamente y no tomar medidas drásticas, aunque salieran a la luz. El segundo, un error igual de grave, sería confundir a toda la organización por la conducta depravada de algunos trabajadores –afortunadamente se cuentan con las manos- y el temor a hacerlo público. Oxfam, como tantas otras organizaciones de ayuda sobre las que ahora recae la sospecha, cuidan en el terreno el descuido voluntario de millones de personas: desde los excluidos en los países más pobres a los refugiados que rechazamos en Europa y que nuestros gobiernos expulsan y dejan en manos de mafias donde ahí sí, el abuso es sistemático.  

El tercer gran error sería hacer caso a las voces que en Inglaterra reclaman al Gobierno que recorte la cooperación internacional. La ayuda y el sexo son malos compañeros y habrá que esclarecer todos los casos, pero deberíamos recordarles a todos los que quieren utilizar este escándalo que Gran Bretaña es el principal vendedor de armas a países como Arabia Saudí, que las utiliza sin control masacrando a población civil en Yemen. Sin desviar la gravedad de lo ocurrido. Si hay que recortar empecemos por ahí. ¿O es que esto no escandaliza?

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