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Dos miradas

Solo puede sobrevivir (como hombre y no como artista) cuando reconoce la debilidad ante una mujer fuerte

Paul Thomas Anderson, en 'El hilo invisible', disecciona fenomenalmente el trabajo del creador, en este caso un modisto de alta costura que ejerce su oficio como una especie de pequeño dictador que vive por encima del bien y del mal, con la seguridad de quien domina la técnica y de quien es capaz de crear belleza. De manera compulsiva. Todo gira alrededor de su arte, las mujeres también. Aquellas a quien él ama (o parece que ama) pasan a ser invisibles cuando ya no le sirven para la función de modelos de sus vestidos delicadísimos. El crítico Ángel Quintana lo compara, muy acertadamente, con Pigmalión (formar a alguien, darle forma, a la manera de) y con el pintor Frenhofer, el de 'La obra maestra desconocida' de Balzac: "Para alcanzar la perfección en el arte, el artista mira, busca y recrea a partir del cuerpo de la mujer que se convierte en esclava del arte".

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Pero resulta que el creador, un colosal Daniel Day-Lewis, vive extenuado la constatación de la fragilidad de quien cree ser fuerte. Habita entre los muertos -el recuerdo de la madre, de quien lleva un pedazo de cabello cosido al forro de la americana- porque los muertos le ayudan a vivir. Toda su existencia, pautada, silenciosa, es un deseo de no perder la posibilidad de escuchar su murmullo. Solo puede sobrevivir (como hombre y no como artista) cuando reconoce la debilidad ante una mujer fuerte, el reducto donde se sentirá protegido y donde podrá comprobar la consistencia del hilo invisible.

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