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Dos miradas

Un día le cambiaron la cerradura y la familia tuvo que pasar la noche al raso, en el hueco de la escalera

Hace años, me comentaron algunos casos de familias que vivían situaciones dramáticas, explicados de primera mano, no a partir de una estadística o de una fotografía en el diario. No hablo solo de desahucios sino de experiencias aún más dolorosas, como el de una madre que vivía con sus hijos en una habitación realquilada, en medio de un ambiente sórdido, en el exterior, parapetada en ese espacio minúsculo, combatiendo los embates que le llegaban de fuera, los gritos desaforados, tratando de conservar las minúsculas chispas de estimación que era capaz de transmitir a los hijos en su reducto, luchando para salvarlos de un horror que aún podía hacerse mayor. Un día, los que vivían ahí cambiaron la cerradura y la familia tuvo que pasar la noche al raso, en el hueco de la escalera, una noche de febrero de hace años que, mientras la rememoro,  aún resuena en mi cómoda conciencia.

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Es inevitable volver a Auden. El "barco caro y delicado", que zarpa "calmosamente" a pesar de haber visto la caída de Ícaro, abandona la posibilidad de la empatía y reniega de la piedad porque "tenía que irse hacia algún lugar". Somos aquel barco. He pensado en ello al ver el reportaje de EL PERIÓDICO sobre la selva inmobiliaria, los testimonios de quien busca piso como sea, en las condiciones que sea, porque la alternativa es la calle. Como Silvia, como tantas otras madres. El sufrimiento de los demás, el horror de unos días sin esperanza.

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