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MIRADOR

Hemiciclo del Parlament

El país de las medias verdades

Jordi Mercader

Qué mejor mecanismo mental para eternizar los bloques que dotarlos de sendas verdades particulares e irrefutables

Nadie puede ser tan ingenuo como para pretender explicar lo que sucede en Catalunya como si se tratara de definir la música country, que, según Deacon Claybourne, el atormentado protagonista de 'Nashville', son, simplemente, tres acordes y una verdad. Lo nuestro no se puede explicar en una sola frase, demasiado enrevesado y envenenado. Esta dificultad objetiva es tierra de abono para las medias verdades, que no son exactamente mentiras pero dan brillo al arte de argumentar de parte haciéndolo pasar por el todo. Y así, no hay quien se entienda.

Ensayemos una secuencia: Carles Puigdemont no puede ser investido por culpa de las condiciones impuestas por el TC, que se saltó su propia ley para contentar al gobierno de Rajoy, que a su vez interpretó libremente el 155 para aplicarlo a su conveniencia, tras ordenar una intervención policial vergonzosa el 1-O, un referéndum ilegal que propició la proclamación simbólica de una república y que llevó ante el juez a diversos dirigentes independentistas, ingresando algunos en prisión preventiva, acusados de promover la desobediencia al estado de derecho; estos, alegando la inexistencia de voluntad negociadora en Madrid, habían pretendido implementar una legislación fuera del alcance del Parlament, aprobada gracias a una mayoría obtenida por el malestar creado en buena parte del electorado por la falta de respeto del TC al Estatut refrendado, modificado tras muchos años de padecer una interpretación constitucional contraria al autogobierno catalán.

No está todo y ya resulta un engorro leerlo en un único párrafo. Como mínimo, habrá que aceptar que lo que pueda suceder mañana no será solamente consecuencia de lo ocurrido anteayer y de que es tramposo huir del análisis panorámico del conflicto para contentarnos con el uso selectivo de episodios protagonizados por el adversario para justificar actos propios discutibles.

La incapacidad manifiesta y probablemente voluntaria de reconocer la más modesta de las verdades, un relato compartido de lo que ha sucedido en las últimas décadas o en los últimos siglos, tanto da, nos va a dificultar el dar con una solución. En realidad, ya nos está impidiendo el debate.

Tal vez dicho relato compartido fuera incómodo para todos per renunciar a ello no nos va a ayudar en nada, a pesar de las ventajas evidentes de no disponer del mismo. La frase incompleta que esconde una media verdad es mucho más generosa con las manipulaciones de parte, mucho más gratificante para los oídos amigos, los de aquellos que creen que los suyos nunca se equivocan, un instrumento imprescindible para quienes trabajan a destajo en la consolidación del país dividido.

Qué mejor mecanismo mental para eternizar los bloques que dotarlos de sendas verdades particulares e irrefutables; casi tan eficaz como proclamar dos presidentes. La media verdad es la madre de la política del ojo por ojo, del error por error, y dado que la torpeza del otro siempre es más grave que la nuestra, se hace inevitable un quid pro quo insoportable.

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