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Dos miradas

ARCHIVO. Un control policial en La Jonquera en marzo del 2014.

EFE / ROBIN TOWNSEND

En España, la Guardia Civil obliga a los conductores franceses a sacar de la matrícula la pegatina con la bandera catalana. ¿Por qué una obsesión así? Como diría un viejo amigo escritor: «¿Era necesario?»

Unos coches con matrícula francesa cruzan la frontera española en La Jonquera. Aparte de la F de Francia, de las estrellas europeas y de la numeración azarosa, la matrícula incorpora, a la derecha, una identificación departamental y un símbolo que identifica la región y que no necesariamente tiene que ser la del lugar donde se matriculó el coche. El usuario puede elegir la que más le guste. Uno de Burdeos, por ejemplo, puede decidir ir por el mundo con la bandera de Córcega. Resulta que el 66, que es el número de toda la vida de Perpinyà, ahora –desde la remodelación administrativa– debe llevar asociada la imagen de Occitania. Hay gente, en el Rosellón, que engancha la bandera catalana en lugar de la occitana, más por una cuestión de folklore que como una reivindicación feroz. Esto, en Francia lo dejan pasar. No dicen nada, porque, de hecho, es un agregado amable. En España, la Guardia Civil obliga a los conductores franceses a sacar de la matrícula la pegatina con la bandera catalana. ¿Por qué una obsesión así? Como diría un viejo amigo escritor: «¿Era necesario?».

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No sé explicar el motivo de esta acción estrambótica, un despropósito que no nos habla de leyes o de democracia sino de actitudes beligerantes contra una simbología que es, por otra parte, absolutamente constitucional. Como dice uno de los afectados, «como se trataba de la policía española, les hice caso». Tú dirás. Este es el resumen de la historia. Un resumen muy triste. 

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