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Análisis

Manifestación para presionar a Macron en favor de un diálogo con Córcega, el pasado 3 de febrero, en Ajaccio.

Macron y Córcega: descentralizar, pero menos

Albert Garrido

El presidente de Francia ha emitido toda clase de señales encaminadas a enfriar las aspiraciones del soberanismo corso, con el 'procés' como referencia obligada, y a insistir en la autoridad indivisible del Estado

El ardor descentralizador exhibido por Emmanuel Macron antes de su elección se ha atenuado al mismo ritmo que ha crecido su apego a la tradición política de Francia desde que en mayo se instaló en el Eliseo. Frente al reforzamiento en las urnas del nacionalismo y del independentismo corsos el pasado diciembre, el presidente ha emitido toda clase de señales encaminadas a enfriar las aspiraciones del soberanismo –con el 'procés' siempre como referencia obligada en sus discursos– y a insistir en la autoridad indivisible del Estado. Con un efecto inmediato: la aparición de grietas entre el polo nacionalista, encabezado por Gilles Simeoni, jefe del Gobierno regional, y el independentista, encabezado por Jean-Guy Talamoni, presidente de la Asamblea.

 La manifestación del sábado en apoyo de un estatus especial para Córcega se atiene a una lógica política que resulta inasumible para las autoridades de la República. La unidad del Estado, en la tradición centralista francesa, es incompatible con la consagración constitucional de la especificidad corsa; la pretensión de que se amnistíe a los autores del asesinato del prefecto Claude Érignac en 1998 no cabe siquiera como hipótesis de futuro. De tal manera que la visita de Macron a la isla reúne todos los ingredientes de un desplazamiento para establecer la transmisión de atribuciones que la República estima tolerables y no para poner la primera piedra en un nuevo encaje de la isla en un nuevo panorama político de Francia.

La invocación del caso catalán

Con ser esto mucho, queda muy lejos del punto de partida del soberanismo corso y muy cerca de la prevención de la Unión Europea ante la floración más o menos exuberante de nacionalismos subestatales. Para Macron, al igual que para cualquiera de sus antecesores, no cabe considerar siquiera la transferencia de poderes esenciales del Estado que limite su presencia efectiva en todas partes. A diferencia de la descentralización habida en España a la salida de la dictadura, un ingrediente esencial para romper con la herencia totalitaria del franquismo, la centralización de poderes es un rasgo característico de la historia de la República Francesa. Y la invocación del caso catalán en boca del nacionalismo-independentismo corso no deja de sorprender cuando no alarmar (las encendidas referencias a la unidad de Manuel Valls, el último caso).

Pocas dudas admite la necesidad de aplicar a Córcega alguna forma de regionalización de determinadas competencias, pero queda fuera de los cálculos presidenciales la consagración constitucional de singularidades, de identidades que, a ojos de la opinión pública del continente, pretenden competir con la identidad francesa. Que la aceptación de una solución intermedia –descentralización administrativa antes que política– pueda o no dañar la colaboración entre las facciones de Simeoni Talamoni es algo que entra en el campo de lo verosímil. Que el peso de la 'Realpolitik' y el recuerdo de periodos tormentosos, violencia incluida, pueda minimizar el vigor de sectores irreductibles, también forma parte de un futuro previsible.             

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