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NTAGOURI (INSTAGRAM)

En defensa del cabello

Najat El Hachmi

El pañuelo es solo un trozo de tela, pero de inocuo no tiene nada... Es una extensión de aquella segregación espacial que vivieron generaciones anteriores, cuando nuestras madres no podían salir de casa

Fui a verla a su casa y me recibió como no la había visto nunca, con la cabeza destapada. Por un momento me costó reconocerla: era ella, mi amiga, pero no se parecía en nada a la mujer con pañuelo con quien compartía tan buenos ratos, con quien hablaba de todos los temas posibles, nos apasionábamos a menudo, reíamos con la complicidad de sabernos heridas o atacadas más o menos de la misma forma. Del pañuelo, en cambio, no hablamos nunca.

Siendo como era una persona adulta que había tomado una decisión yo no tenía derecho a cuestionar su indumentaria pero cuando la vi con esa mata de pelo rizado enmarcándole el rostro, haciéndola más joven, mucho más joven de lo que parecía fuera de casa, me dieron ganas de hacerle todas las preguntas. Que lástima que el resto del mundo no pueda verte tal como eres, pensé. Años más tarde me contaría que había decidido ponerse pañuelo de jovencita y que había tenido problemas por eso ya que en Marruecos, hace unas décadas y en entornos urbanos, que las mujeres no casadas se taparan estaba mal visto.

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Cuando de pequeña yo tenía que dar explicaciones sobre el pañuelo que llevaban las mujeres con las que iba sentía un humillación que mis interlocutores no podían entender, la sensación de pertenecer a una subcategoría de personas a las que los demás podían decirles cómo tenían que vestir, pero confieso que me hubiera gustado ver a todas esas mujeres paseándose por las calles con sus cabellos al viento, lisos, rizados, casi todos largos, oscuros o más claros, enrojecidos por la henna, abundantes o ya escasos después de unas cuantas maternidades. Cuando en la intimidad de las habitaciones las observaba así, me parecía muy triste que tuvieran que prescindir de un elemento tan definidor de su identidad al mostrarse a los demás y que además se tuvieran que conformar con verse afeadas y prematuramente envejecidas.

El pañuelo es solo un trozo de tela, pero de inocuo no tiene nada. Aunque no se le pueda decir a una persona adulta cómo tiene que vestir, si analizamos el trasfondo último de la obligación de cubrirse en todo momento el cabello, de tener que esconderlo, no podemos negar que es una extensión de aquella segregación espacial que vivieron generaciones anteriores, cuando nuestras madres no podían salir de casa. Como si la imposición del pañuelo, incluso cuando es escogido voluntariamente, fuera el precio que tenemos que pagar para pisar con nuestros propios pies y sin acompañante masculino, las calles y las plazas, los institutos y las universidades, las fábricas y las tiendas. Y en nuestra condición de hijas de la inmigración, este trozo de tela se ha acabado convirtiendo en una marca de pertenencia, un logotipo de la religión en la que hemos nacido y un símbolo de la virtud que conservamos aunque estemos viviendo en una sociedad de moral relajada.

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