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OPINIÓN

El silencio y el ruido

Albert Guasch

Gerard Piqué remató al fondo de la red y fue como un adoquín arrojado a los cristales de Cornellà-El Prat. Un gol estruendoso untado de una venganza más rabiosa que dulce. Bastaba ver la dura expresión de su rostro. Y luego se puso el dedo en los labios, a lo Raúl y lo Sergio Ramos, y fue como prender las antorchas e incendiar la casa. Un gesto que, sin duda, pasará a los anales de los derbis.

Piqué, de la cofradía de los que no se arrugan, puso en la zona mixta palabras al aspaviento. En realidad, le arrojó gasolina. "Es lo mínimo que podía hacer", dijo. Disparó directamente a los aficionados, "que no son pocos", que escupieron insultos a su familia –repetidos ayer tras el gol, por cierto–. Y disparó a los dirigentes del Espanyol por su timidez, ciertamente llamativa, a la hora de confrontar estos penosos cánticos.

Piqué habló de respeto. Acepta que le insulten a él, pero no a los familiares. "Tiene que haber un límite", aseveró. Imposible estar en desacuerdo. El problema es que esta vez sobrepasó otros límites defendiendo su límite. Estuvo bien como ocurrencia la primera vez que habló del "Espanyol de Cornellà". Y estuvo fuera de lugar el comunicado perico. Pero cuando insiste en el chiste, se pierde la gracia. Y entra en una extraña refriega entre identitaria y clasista. 

Pendiente resbaladiza

Encima, se situó en una pendiente muy resbaladiza al incorporar el peligroso elemento de la nacionalidad del propietario del Espanyol. Una obviedad, dirá él. Pero el reglamento sanciona a menudo este tipo de obviedades. Las declaraciones fueron un intento de saltar al vacío y quedarse con los huesos y los ligamentos intactos. Eso no es posible. 

Le van a caer chuzos de punta a Piqué, tan protagonista antes, como durante y después del partido. Y no se puede asegurar que esta vez sea de forma injustificada. Sería sano que entre tanto ruido se hiciera ya un poco de silencio. Ayudará, claro, que esta trilogía haya llegado ya a su fin.

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