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IDEAS

Daniel Day-Lewis, en una imagen de El hilo invisible.

¿Esta vez sí, Daniel?

Ramón de España

 Creo que no me van a ver por los cines en los que se proyecta la última película de Paul Thomas Anderson, 'El hilo invisible'. Por varios motivos: 1/La angustia existencial de un modisto ficticio inspirado en Balenciaga no es un tema que me atraiga especialmente. 2/ El señor Anderson me parece un cineasta irregular e imprevisible que lo mismo me encanta ('The master') que me aburre mortalmente ('Pozos de ambición'). 3/ No soporto a Daniel Day-Lewis.

Sé que el punto tres puede sonar a herejía, pues todo el mundo parece coincidir en que se trata de un intérprete fabuloso al que vamos a echar mucho de menos cuando deje de hacernos el inmenso favor de rodar una película de vez en cuando y se retire para dedicarse a cualquier otra cosa. De hecho, lleva años amenazándonos con su jubilación como actor por motivos que nunca quedan muy claros: en cualquier caso, da la impresión de que el cine no colma los deseos y aspiraciones de alguien tan sensible como él. Lo suyo me recuerda una versión aristocrática de aquello que dijo Ken Loach -cura obrero disfrazado de cineasta al que nuestra filmoteca rinde homenaje estos días- de que bajar a la mina o conducir un autobús urbano eran actividades más importantes que hacer cine. Como lo de la mina es muy cansado, Day-Lewis se retiró hace unos años a Florencia para aprender a hacer zapatos, aunque la espantada duró lo que todas las suyas, y poco después ya estaba rodando algo que tal vez no estaba a su altura, pero, chico, ¡hay que comer!

Ahora dice que El hilo invisible puede ser su última película. Y aunque ya hemos perdido la cuenta de las veces que dice que se retira, cunde el desánimo entre los cinéfilos. A mí, Daniel Day-Lewis me parece un actor demasiado intenso que recurre con frecuencia a la sobreactuación y a las muecas (en 'Gangs of New York' estaba especialmente letal), pero igual soy un tarugo insensible, ya que la opinión generalizada es la de que estamos ante un genio de la interpretación. Lo mismo me pasaba, debo reconocerlo, con Marlon Brando: todos lo admiraban, pero a mí me resultaba francamente cargante. Así es como me han tildado de esnob y de listillo, pero les juro que es lo que pienso. Lo cual no quita para que les de el pésame a todos los que echarán de menos a Day-Lewis, si es que esta vez lo del retiro va en serio, que lo dudo.

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