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ANÁLISIS

Un presidente florero

Cristina Pardo

La última propuesta que están debatiendo los independentistas es un esperpento y encima, nada barato. Ahora nos dicen que la solución al bloqueo político en Catalunya podría ser el nombramiento de un Govern "simbólico" en Bruselas y uno "ejecutivo" en la Generalitat. Es decir, que Carles Puigdemont consiga una salida honrosa como 'president' florero. Un jarrón chino en Waterloo. Ser investido de lo que sea, en definitiva.

¿Quién va a costear esos dos gobiernos? ¿De dónde va a salir el dinero para mantener a esas figuras decorativas en Bélgica? De los bolsillos de todos los catalanes. No solo de aquellos que admirablemente han decidido hacer aportaciones voluntarias para pagar las multas del Tribunal de Cuentas o para garantizar la fortísima supervivencia de la Asamblea Nacional Catalana. De los bolsillos de todos, también de los no independentistas. Del mismo sitio que, según el juez, salió el dinero para organizar el referéndum del 1 de octubre. Es un desparrame, en mi opinión, inadmisible. Y todo basado en una mentira detrás de otra. Dijeron que las empresas no se irían, que la secesión no tendría consecuencias económicas, que la comunidad internacional les reconocería como Estado independiente, que el gobierno central no tendría más remedio que negociar... Y no era verdad. En el mejor de los casos, afirmaban categóricamente cosas que eran dudosas, porque ni siquiera dependían de ellos.

Pero es que ahora sabemos que Puigdemont se arruga en privado, mientras empuja a los demás al abismo en público. En los mensajes que envió al móvil de Toni Comín, y que se han difundido esta semana, el expresident admitía el fracaso de su plan, mientras ante los medios advertía al Parlament de que él era el único candidato posible. Es tremendamente irresponsable exigir algo a sabiendas de las gravísimas consecuencias que eso conlleva para personas que, por cierto, no han huido a otro país. Hay gente que a Puigdemont se lo perdona todo. Cada cosa que hace es considerada como parte de un estrategia magistral. Así que su cinismo o no se ha comentado alegando que son mensajes privados o se ha justificado comprando el argumento de que es humano y tiene momentos de debilidad. El cinismo es cinismo. No se puede disfrazar de otra cosa, porque entonces es doblemente cínico. 

A día de hoy, Puigdemont sigue siendo el candidato a la investidura fantasma. Y tan lamentable es el cinismo como el doble rasero. Recordemos a aquella concejal de Ciudadanos en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), que se mudó a Chicago después de ser elegida y quería participar en los plenos telemáticamente y venir de vez en cuando con cargo al partido. Esta señora se resistió, pero terminaron expulsándole de la formación política. También había sido elegida, pero nadie -salvo ella- defendió que fuera posible gobernar Castilleja de la Cuesta desde Illinois. Es puro sentido común. Tan absurda es esa pretensión como la otra. Y en privado lo sabe hasta Puigdemont.

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