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Arcadio Urpí: "Tengo la fortuna de inventarme el mundo"

Vendió muebles de oficina para no ceder un milímetro en el terreno de la creatividad

Arcadio Urpí (Barcelona, 1955) es un antisistema solitario. En los 70 corría delante de los 'grises', tocaba la flauta en la Rambla y escribía poesía. Al primer desdén de una editorial, decidió ganarse las lentejas vendiendo muebles de oficina. Y cuando la crisis le trituró el negocio, emigró a Travessera, un pueblo de 17 habitantes de la Cerdanya. Ahí sigue creando. Solo vende sus libros en ferias de la Cerdanya y en las de Reyes y Sant Jordi de Barcelona.

¿Qué pasó con la primera –y única– editorial? En 1989 envié mi bestiario a Rosa Regàs, por entonces editora de Lumen. Me respondió que se lo había pasado "fantástico", pero que no encajaba en su línea. Jamás he vuelto a pisar una editorial. He autoeditado todos mis libros.

Una lástima no insistir. Tengo un libro que le gustó a Joan Brossa, pero como está impreso en lienzos de pintura y encuardernados por Tarlatana, los vendo a 50 euros. A algunos les parece más barato el libro que le ha escrito un negro a Belén Esteban.

¿Querría tener más popularidad? Quizá soy tan ególatra que pienso que las cosas que hago son interesantes. Y el hipotético lector japonés, tan fuera de mi alcance, no me preocupa.

Por si acaso, cuente qué hace. Hago poesía visual. Manipulo palabras. Juego con ellas. Que de un 'perro' y un 'paraguas' salga un 'perraguas' me hace sentir vivo. Tengo la fortuna de tener capacidad para inventarme un mundo. Mi mundo.

¿Creció en clima artístico? No. A los 6 años dibujé un águila y gané un premio que entregaba Félix Rodríguez de la Fuente. Tenía que ir a Madrid, pero mi padre dijo que todo eso eran tonterías. Sin embargo, tuve la suerte de ir a una pequeña escuela, la Sant Martí, que nos introdujo en la música, la lectura y la radicalidad. En vez de arrastrarnos a misa y a cantar el 'Cara al sol', nos llevaban al Palau de la Música. 

¿Hizo Bellas Artes? Era la época de los aprobados políticos. Como seguir en casa de mi padre se me hizo insoportable, me fui a vivir a la calle Hospital. Tocaba la flauta en la Rambla y escribía poesía todo el día. Encontré el Taller Experimental de Artes Plásticas y lo preferí a perder el tiempo en asambleas (era de la Federación de Juventudes Libertarias y ya me habían abierto expediente).

Autodidacta, pues. De Octavio Paz aprendí el ritmo. Y aunque mi libro favorito es 'El maestro y Margarita', de Mikhaíl Bulgákov, creo que la vida de un lector se divide en un antes y un después de leer el 'Ulises' de James Joyce. Los colecciono. Tengo 45 volúmenes.

Una autor denso, Joyce. La primera vez lo leí en el autobús, mientras iba y venía de trabajar.

Cuesta entender qué hacía usted metido en la piel de un comercial. Mi padre tenía una tienda de muebles de oficina, que acabé llevando. Luego monté la mía, y tenía clientes como la UPC, Alllianz, Laboratorios Dr. Esteve. De ese modo no tenía que 'venderme' a las editoriales. Al acabar la jornada, entraba en el estudio a las 11 de la noche y sacaba mi lado artístico. También formé parte de un activo grupo de juegos literarios.

¡Menudo despliegue de energía! Y a los 27 años tuve a mi hija. Pero en el 2008 se acabó lo que se daba. La decisión más acertada fue mudarme a Travesseres. 

¿Qué dicen sus vecinos, payeses? Piensan que soy un chiflado, que dibujo tonterías. Y yo a la mía. En Sant Jordi presentaré la edición bilingüe de mi bestiario, una segunda edición de 'Golondrinas (Single edit)' y una nueva entrega de 'Las aventuras del explorador y la hechicera'

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