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Ideas

Una camisa hawaiana

Jordi Puntí

Este jueves el escritor James Ellroy fue al ayuntamiento de Barcelona para recoger el merecidísimo premio Pepe Carvalho. Como se presentó al acto bien acicalado, con camisa rosa de popelín, pajarita verde y sombrero panamá que le cubría la calva reluciente, estaba irreconocible. Para mí Ellroy es el hombre de las camisas floreadas, hawaianas, y una mirada de pocos amigos. Me hace pensar en un personaje secundario en una novela de Raymond Chandler o Ross MacDonald, como un entrenador de boxeo o un camarero que hace el turno de noche en un café... Alguien que ha visto de todo y un buen día decide contar su mundo -y su mundo es una ficción desatada, donde los crímenes pasionales, las palizas, los robos y las mujeres fatales son el pan de cada día-. Lo que escribe Ellroy parece llegado directamente de los años dorados del hampa. Sus novelas son negras como la sangre coagulada, incorrectas y desvergonzadas: las cloacas de Hollywood, el comercio sexual, los periodistas curiosos, los matones sin cerebro. Es el eslabón que une la violencia de antaño -que en las películas de Humphrey Bogart quedaba fuera de pantalla- con la violencia de ahora, tan hiperrealista.

Ellroy dice que ha encontrado a Dios; habla de fe y pide que los niños estudien los diez mandamientos. Pero no me lo trago

Si algún lector hiciera esa pregunta capciosa a James Ellroy -¿por qué escribe?-, yo me puedo imaginar su respuesta. Basta con haber leído 'Mis rincones oscuros' (1996), reeditada recientemente Literatura Random House. "Escribo porque, cuando yo tenía diez años, violaron y mataron a mi madre, y no sentí nada", podría ser su respuesta. La lectura, años atrás, de esas memorias dobladas de investigación criminal, y que son a la vez un ejercicio de introspección desnuda, con todas las cicatrices a la vista, fue para mí una experiencia turbadora, fascinante y extrema.

Por las entrevistas de estos días veo que James Ellroy ha encontrado a Dios. Habla de fe, pide que los niños estudien los diez mandamientos, y estoy a punto de preguntarme si eso afectará a su escritura. Pero es que no me lo trago. Es como un personaje suyo, pienso, y al fin y al cabo siempre ha habido predicadores, curas y almas piadosas dispuestas a tomarse la justicia por su cuenta.

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