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ANÁLISIS

Telebasura en el despacho Oval

Joan Cañete Bayle

Son tan bajas las expectativas alrededor de Donald Trump, que el hecho de que durante una hora y veinte minutos hablando no insultara a nadie, no profiriera comentarios racistas ni machistas ni entrara en una guerra de tamaños con ningún dictador hace que haya quien considere que su discurso sobre el Estado de la Unión fuera... presidencial. O algo así. Y sí, es verdad que comparado con sus tuits el discurso puede considerarse serio, qué menos, cuando incluso una administración tan disfuncional como la de Trump se supone que ha estado trabajando durante días en ese texto. Confirmado: si Trump dirigiera el país leyendo del teleprompter y no escribiendo tuits, no sería mejor presidente, pero al menos nos ahorraría algunas escenas de vergüenza ajena.

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Pese a que en las formas Trump se comportó, no por ello su discurso fue menos trumpiano. Lo fue en la escenografía, pensada con la sabiduría de un maestro de la telebasura, que es un medio que el presidente domina a la perfección. La elección de sus invitados fue cuidadosamente pensada para maximizar el efecto demagógico de sus palabras. El populismo nacionalista, xenófobo y supremacista subyacía en las palabras del discurso igual que en sus tuits, en eso no hubo ninguna diferencia. Demasiado a menudo, los tuits, los exabruptos y el escándalo ocultan las acciones de Trump. Por mucho que sus palabras deshonren casi a diario la institución de la presidencia estadounidense, lo importante con Trump (con cualquier gobernante, de hecho) son los hechos,  Y los hechos y las intenciones políticas anunciadas en el discurso indican que Trump no tiene intención de frenar.  El presidente será inepto e incompetente, pero tiene una agenda. Y piensa aplicarla.

Irracional GOP

En ello resulta imprescindible el partido Republicano. La escenografía del discurso del Estado de la Unión contempla aparatosas interrupciones de las palabras con aplausos por parte de los congresistas del partido del presidente. Pero llamó la atención el fervor con el que la bancada republicana aplaudió el espectáculo de telebasura que les brindó Trump. Desde el primer minuto de su presidencia, incluso desde el día siguiente de su victoria electoral, se ha hablado mucho de un impeachment a Trump. El pequeño detalle que no suele tenerse en cuenta es que para ello se necesita al partido Republicano. Y sí, es cierto, muchos republicanos y conservadores no quieren a Trump, y se avergüenzan de él. Pero también lo es que el GOP y el magnate inmobiliario se necesitan.  El principal responsable de lo que haga Trump es Trump, por supuesto, pero la responsabilidad más amplia corresponde a una formación, la republicana, convertida en la casa común del conservadurismo rancio, la alt-right, el tea party y los poderes económicos de toda la vida. Es el partido Republicano una formación irracional, y poco hay más irracional que entregarse a un tipo como Trump, maestro en telebasura. Bueno, sí. Entregarle la presidencia de EEUU y después mantenerlo en ella.
 

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