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Análisis

Puigdemont ha sido sorprendido en un arrebato del que trata de salir alegando que es humano

El 'procés' fue, desde el principio, una exhibición de privacidad. Se planteó como algo emocional para que cada uno lo llevara a la intimidad de sus casas y hasta de sus conciencias, para que tropezara con él en sus grupos de WhatsApp y compartiera cadenas de mensajes. El 'procés' siempre necesitó un teléfono. En mensajes privados, en secreto y a escondidas, se negoció la ley de ruptura y el exnúmero dos de Oriol Junqueras guardaba en su ordenador el plan que distinguía a los ciudadanos según fueran catalanistas descreídos o "hiperventilados". Esa era la denominación oficial.

Según avanzaban los meses, la dirigencia soberanista cambió sus aplicaciones de mensajería para impedir las filtraciones y el secretismo fue dejando en el ambiente una mezcla extraña de novela de espías y Superagente 86. Hasta que todo se volvió telemático, hecho en 'streamings', correos ocultos, llamadas perdidas de números desconocidos y, ahora, en mensajes con las verdades del barquero. Siempre hizo falta un teléfono. 

En conversaciones privadas, altos cargos de la Generalitat reconocían que la independencia "era inviable" mientras en la tribuna ofrecían el discurso contrario. En conversaciones privadas se exponían las dudas por el 'procés' que negaban en público porque solo se las podían reconocer al juez. En los mensajes que publicó este miércoles 'El programa de Ana Rosa' en Tele5 se descubre el estado real del plan de Puigdemont, que empieza y acaba en él mismo.

Quitarse la careta

Mientras el Parlament se rodeaba de caretas con la imagen del 'expresident', él, sin querer, se quitaba la suya. Contribuyó en eso Toni Comín, se supone también que sin querer. "Fue un mal momento. Es humano", dijo de Puigdemont su entorno, que es una figura casi mitológica. El entorno lo tienen solo los futbolistas y los políticos. Para que no quedara en el limbo impersonal y frío del entorno, luego lo escribió él. Y ese es el estado de las cosas: Puigdemont, que pretende su investidura en Bruselas y proclama en las redes que todas las soluciones pasan por su regreso, es sorprendido en un arrebato del que trata de salir alegando que es humano. 

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Es humano y duda, como se demostró el pasado mes de octubre cuando, al decidir que  convocaba elecciones y frenaba el 'procés', oyó que le gritaban lo que ahora gritan a Esquerra Republicana por no investirle. Se ha hecho la transición, de las 155 monedas de plata de Gabriel Rufián a los 280 caracteres del tuit con el que Puigdemont intentaba justificar sus dudas privadas y humanas. Ocurre que, en los mensajes que le mandó a Comín, se le veía sin embargo muy seguro. Del ridículo histórico. De que le habían sacrificado. De la decisión de dedicarse a su propia reputación. De esa frase que ayer corría en las alertas de los móviles y en las cadenas de mensajes: "Supongo que tienes claro que esto se ha terminado". El 'procés' siempre necesitó un teléfono. Quizá resultara una aportación que, en este momento, Rajoy le quitara al suyo el modo avión. 

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