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Toni Comín y Carles Puigdemont en Bruselas el pasado 7 de diciembre.

La vuelta a uno mismo en 97 días

Luis Mauri

Phileas Fogg tardó 80 días en dar la vuelta al mundo en el siglo XIX, el de los descubrimientos. Puigdemont y ERC han dado la vuelta a sí mismos en 97 días en el siglo XXI, el de la mentira ubicua

Phileas Fogg tardó 80 días en dar la vuelta al mundo de la mano de Verne. Era el siglo XIX, el de la revolución industrial y las grandes aventuras y descubrimientos.

Puigdemont y ERC han tardado 97 días en darse la vuelta a sí mismos. Es el siglo XXI, el de la revolución tecnológica, la instantaneidad y la mentira ubicua, esa que se esconde tras el eufemismo de posverdad.

El pasado 26 de octubre, Puigdemont se tragó el sapo de actuar contra sus propias convicciones y tomó una decisión sin duda amarga para él. Resolvió convocar elecciones autonómicas para evitar la intervención estatal del autogobierno catalán vía artículo 155. Una tempestad de oprobio y deshonra se abatió de inmediato sobre él: monedas de plata, Judas cabeza abajo, amagos de dimisión en su guardia pretoriana, amenaza de ERC de abandonar el Govern… Puigdemont se echó atrás y luego vino lo que vino: declaración unilateral de independencia, 155, procesamientos, encarcelamientos, ahondamiento de la fractura social, fuga de empresas, portazo internacional, elecciones convocadas por Rajoy que confirmaron, uno, que ERC había arruinado con su movimiento lo que hasta entonces era una conquista cantada de la hegemonía nacionalista y, dos, que el equilibrio de bloques permanecía inalterable.

Intercambio de papeles

Noventa y siete días después, el 30 de enero, los dos principales actores del bloque independentista intercambiaron sus papeles. Entonces eran Puigdemont y sus irredentos de JxCat quienes abogaban por intentar reventar de nuevo la legalidad constitucional, y ERC la que defendía afianzar las posiciones dentro del marco legal, recuperar el autogobierno y, de paso, facilitar las cosas a las defensas de los procesados. De cualquier modo, lo contrario estaba visto ya adónde conducía.

El vendaval de agravios sacudió entonces las filas republicanas, de forma especial al presidente del Parlament, Roger Torrent, quien se encargó de dejar en vía muerta el plan de Puigdemont al aplazar el pleno de investidura. Torrent, a diferencia de Puigdemont, aguantó el tipo. Al menos, por el momento.

Hay un dato que no debiera pasar por alto: Esquerra arruinó por sus propios méritos el que había de ser su sorpasso a los posconvergentes, en efecto, pero tanto el 26 de octubre como el 30 de enero fueron los republicanos quienes impusieron su criterio. Así fue incluso cuando eso les conducía a una automutilación. Bien es cierto que, sobre todo en la crisis independentista de esta semana, la divisoria ERC-PDECat no es nítida: sectores conspicuos del partido de Puigdemont hace tiempo que ven en él el problema, no la solución.

Una batalla con tres frentes

La batalla que comenzó el 30 de enero se libra en tres frentes simultáneos. En uno pelean los independentistas con el Estado y los constitucionalistas. En otro, abierto desde que la Convergència de Mas abrazó el secesionismo en el 2012, pugnan entre sí las fuerzas independentistas por el liderazgo del bloque. En el tercero, se suceden sordas escaramuzas en las propias filas posconvergentes.

La confesión de abatimiento de Puigdemont puede sugerir sendas vías de resolución del primer y el tercer frente. Quizá, más a largo plazo, del segundo. Pero ante los espejos deformantes del procés es temerario hacer pronósticos. Mejor esperar y ver.

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