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Análisis

Carles Puigdemont, en una entrevista el pasado 23 de diciembre.

ERIC VIDAL (REUTERS)

¿Hay vida más allá de Puigdemont?

Esther Vivas

El discurso legitimista del 'expresident' oculta que es la derecha quien está marcando la agenda del movimiento independentista

"Puigdemont es lo único que nos queda". Me lo dijo un colega, hace unos días. Y seguramente expresa el sentir de muchos independentistas ante el actual callejón sin salida. Sin embargo, esta frase encierra el profundo vacío estratégico del independentismo. Tras el pulso para conseguir la investidura de Carles Puigdemont, se esconde la ausencia de proyecto político para dar respuesta a los problemas estructurales que tenemos como país, tanto en clave nacional como social.

Si la tensión institucional desapareciera, la falta de un plan de futuro de Junts per Catalunya quedaría al descubierto. Aunque la legitimidad democrática de la candidatura de Puigdemont debe ser defendida, la realidad es que aún no ha hecho público su programa de gobierno. No lo hizo en campaña electoral ni hoy cuando aspira a presidir la Generalitat. Tampoco ha dado explicaciones sobre la aparente contradicción entre enfrentarse con el Estado ahora y no hacerlo en octubre tras el referéndum y la proclamación simbólica de la República. ¿Quiere ser presidente para qué?

El discurso legitimista de Puigdemont oculta que es la derecha quien está marcando la agenda del movimiento independentista, y que esto es uno de los frenos estructurales para que amplíe su base social y pueda establecer alianzas con sectores no independentistas partidarios del derecho a decidir.

Intereses particulares

El mundo exconvergente, en este caso a través del entorno del 'expresident', al que se subordina el conjunto del PDECat como única tabla de salvación, es capaz de hacer pasar una vez más sus intereses particulares por los del conjunto del independentismo. Y ha convertido el legitimismo a ultranza en sinónimo de fortaleza, cuando en realidad es síntoma de la incapacidad para pensar un nuevo paradigma.

Sin duda, la debilidad política de ERC, que tampoco tiene una propuesta clara sobre qué hacer, facilita las cosas a Junts per Catalunya. De hecho, Carles Puigdemont está librando dos combates en uno. Una batalla contra el Estado para desgastarle ante la opinión pública europea. Y otra para afirmar su liderazgo en el independentismo y no ir a parar a  "la papelera de la historia" como le sucedió a Artur Mas. Es decir, una batalla contra una ERC que podría pasarlo muy mal en la hipótesis de nuevas elecciones y, en menor medida, contra el propio PDECat, para afirmar la preeminencia de Junts per Catalunya en la toma de decisiones y arrinconar a los sectores del partido que podrían estar tentados de buscar una vía más posibilista o menos dependiente del 'president'.

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ERC se encuentra con el paso cambiado desde la campaña electoral. Después de crecer, desde el 2012, como un partido más confiable que Convergència en materia independentista, ahora pisa un terreno resbaladizo porque Puigdemont al reformular el debate en términos de reinstauración de su presidencia legítima parece haberle robado credibilidad como opción resistencialista. Aunque, en realidad, más allá del choque con el Estado, para su investidura no tenga un proyecto a largo plazo