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Una extraña maldición impregna las ceremonias de entrega de premios de la industria del cine. De todas las que conozco, por lo menos, pero algo me dice que las de los BAFTA británicos y los César franceses deben ser tan largas y aburridas como las de la Academia de Hollywood, la del cine español y la del cine catalán. Que una industria basada en el entretenimiento no haya encontrado la manera de que su ceremonia anual de auto halago impida que el espectador se quede frito en el sofá o cambie de canal constituye un fracaso en toda regla, pero eso es lo que hay.

El año en que el gran José Luis Borau le encargó a Isabel Coixet la gala de los Goya y esta nos llamó a Joan Potau y a mí para que le echásemos una mano con el guion, pensé que nuestros Goya harían historia -¡santa inocencia!-, pero al final, no me pregunten cómo, conseguimos facturar una birria que no se diferenciaba gran cosa de las anteriores. Juro que hicimos lo que pudimos para que aquello tuviese más ritmo, fuese más divertido... No hubo nada que hacer: fuimos víctimas de la maldición.

Hace unos días pudimos disfrutar -por decir algo- de la ceremonia de los Gaudí, y este sábado le tocará a los Goya. Los Gaudí son especiales porque la academia del cine catalán es prácticamente una estructura de estado y porque la ceremonia tiene más de acto de afirmación patriótica que de homenaje al séptimo arte. Este año hubo sillas vacías (ya sabemos para quién), lazos amarillos a granel y hasta un coro de niños adoctrinados para cantar que no estaban doctrinados, momento de una comicidad involuntaria digno de ser destacado. El presentador, David Verdaguer, hizo lo que pudo entre la escenografía poética (o cursi, como prefieran) de Lluís Danés, la cosa se alargó hasta las tantas y el discurso de Isona Passola osciló entre lo épico, lo victimista y lo apocalíptico, un registro en el que siempre se luce.

Este sábado, Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, dos cómicos estupendos, intentarán que el trámite de los Goya sea lo menos doloroso posible. Ojalá lo consigan, y la idea de Reyes de echar con agua a presión del escenario a los que se alarguen en sus agradecimientos está muy bien. Pero la maldición sigue ahí y, hasta ahora, nadie ha conseguido esquivarla. ¡Suerte, muchachos!

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