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Tendencias comerciales

La última paradista del mercado de Núria, este lunes.

RICARD FADRIQUE

Un mal síntoma

Eva Arderius

El cierre de mercados municipales evidencia los problemas de desigualdad social en Barcelona


A muchos turistas les gusta visitar los mercados de las ciudades que visitan. Es una buena manera de saber qué comen y cómo es ese lugar. Por esta razón algunos mercados han decidido aprovechar la vocación exploradora del visitante. El caso más esperpéntico es el de la Boqueria, que se ha convertido en un parque temático del producto fresco y los más pesimistas ya auguran que puede pasar lo mismo con el mercado de Sant Antoni, a punto de abrir. En Barcelona, los mercados también dicen mucho del barrio donde se ubican. Recorriendo las lonjas de la ciudad es fácil hacerse una idea de cómo están los bolsillos de los que clientes y qué problemas tienen los que compran ahí.

El de la Boqueria, en un barrio sobrepasado por el turismo; el de Galvany, productos para los que no miran demasiado el precio; el del Ninot, un mercado nuevo, donde no falta clientela y donde ahora se prueba la compra on line; el de la Abaceria, en Gràcia, un distrito que le gusta debatir y que ahora también debate si la reforma de este mercado tiene que ser más o menos profunda. Y el de Núria, en Ciutat Meridiana, cerrado. Acaba de bajar la persiana el último puesto que quedaba. 

Los mercados evidencian la doble velocidad de Barcelona, las diferencias económicas y sociales. Rentas que se multiplican por siete en una misma ciudad, con solo 14 kilómetros de distancia. Pedralbes y Ciutat Meridiana. La Barcelona de los contrastes, la del glamur, los hoteles de lujo, el exceso de tiendas y la que también cierra mercados con productos de primera necesidad.

La fotografía del Núria es de una tristeza absoluta. Puestos cerrados y un bar que sobrevive con los clientes que algún día trabajaron allí, llenando los cestos de sus vecinos. Ellos recuerdan con cierto orgullo cuando había mucha  más vida, humilde, pero vida en esta zona alejada de todo. Ahora queda una única tienda en el barrio donde comprar productos frescos, un badulaque que intenta tener más fruta y verdura para alimentar las neveras de los vecinos, mucha gente mayor con dificultades para moverse.

Algunos culpan del cierre a los recién llegados, que no tienen la costumbre de comprar en mercados, dicen. Otros, a los súpers, más competitivos, pero el motivo de fondo está en los monederos. La gente no tiene dinero, no compra, el comercio se hunde.

Sin reacción

No se pueden subvencionar las tiendas, me dice un concejal. Y tiene razón. Pero que cierre un mercado de una zona que se aguanta por los pelos no solo tiene que preocupar al gobierno municipal sino que tendría que provocar una reacción inmediata, porque si no es así, los vecinos pueden llegar a pensar que lo que les pase a ellos o lo que les cueste encontrar la fruta del día no importa a nadie. El cierre del mercado de Núria es un síntoma que las cosas no van bien.

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El último estudio del Ayuntamiento de Barcelona dice que se ha logrado frenar la brecha entre los más ricos y los más pobres, aunque la clase media sigue reduciéndose, el 14% desde que empezó la crisis. Se frenan las desigualdades según los datos, pero aquí, en las estadísticas y en la realidad, lo que nunca cambia son los que siempre están al final de la cola. Los últimos siempre son los últimos y ahora no les queda ni el mercado.
 

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