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ANÁLISIS

Afganistán, barbarie contra ignorancia

Georgina Higueras

Estados Unidos sigue sin reconocer su fracaso y empeñado en doblegar por las armas a los talibanes, que responden con una brutalidad cada día más espeluznante

Después de más de 16 años bombardeando Afganistán, Estados Unidos sigue sin reconocer su fracaso y empeñado en doblegar por las armas a los talibanes. Este flagrante delito de ignorancia es contestado desde las filas insurgentes con una barbarie cada día más espeluznante. Ni a unos ni a otros importan las más de 100.000 víctimas civiles. Ambos quieren ganar una partida que está casi en tablas desde que Bush desató su “guerra contra el terror” para hacer pagar a Afganistán los platos rotos por Al Qaeda. Si Donald Trump pensaba que iba a asustar a los talibanes incrementando los 8.500 soldados estadounidenses dejados por Obama hasta los actuales 14.000, le ha salido el tiro por la culata.

En el complicado tablero afgano, Pakistán es un actor fundamental, que defiende a ultranza un acuerdo de paz que dé voz y voto a los talibanes para diseñar el futuro del país. El proceso de paz que auspiciaba se rompió cuando, en mayo del 2016, EEUU mató con un dron al mulá Ajtar Mansur, sucesor del mulá Omar, fundador del movimiento talibán. La decisión de Trump, adoptada a principios de enero, de suspender la ayuda militar de 2.000 millones de dólares que concedía a Pakistán --tras criticarle por Twitter la falta de colaboración para frenar los ataques contra las tropas desplegadas por el Pentágono en el vecino país--, tampoco parece muy inteligente.

Gobierno débil

Los talibanes consideran al presidente Ashraf Ghani y a su Gobierno un títere de Washington, por lo que exigen negociar directamente con EEUU, que lo rechaza de plano. La corrupción endémica, los intereses de la amalgama de tribus que conforman el poder, el apabullante desempleo y la infiltración de talibanes en las filas del Ejército y de la policía debilitan enormemente la autoridad de Ghani y descartan cualquier victoria sobre los insurgentes. El Gobierno en Kabul ya se temía que la dureza de la política de Trump trajera como consecuencia un recrudecimiento de la guerra.

En los 16 años de ocupación del país, las tropas norteamericanas no han hecho más que defenderse en un entorno hostil. La prisa de Bush por castigar a Irak solo sirvió para multiplicar su número de enemigos y ahora en Afganistán luchan también elementos del Estado Islámico, que pretenden extender por Afganistán y Asia Central su califato. Si en el 2010 con 100.000 soldados desplegados sobre el terreno EEUU no logró pacificar Afganistán, no parece fácil que pueda hacerlo con 14.000 ni con los 1.000 adicionales que están previstos. “Los talibanes son todavía fuertes porque nada ha cambiado fundamentalmente”, ha dicho en una entrevista radiofónica Doug Ollivanty, director del Consejo de Seguridad Nacional con Obama.

Los talibanes ya controlan un tercio del territorio, pero recurren a sangrientos atentados en las ciudades para demostrar su poder, como afirmó en el comunicado para reivindicar el brutal atentado del sábado su portavoz, Zabiulá Muyahid: “Es un claro mensaje para Trump”. No parece, sin embargo, que lo haya entendido. Horas después, el general Joseph Votel, jefe del Comando Central de EEUU, declaró que la victoria militar en Afganistán es “absolutamente” posible. 

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