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ANÁLISIS

Trump o los 'monstruos' de Davos

Olga Grau

En su discurso en Davos el presidente de Estados Unidos parecía, más que un líder global, un charlatán de feria repitiendo: ¡Vengan a invertir a Estados Unidos!"

La última vez que un presidente de EEUU pisó la alfombra roja del Foro Mundial Económico de Davos fue Bill Clinton en el año 2000. Mucho ha llovido en el mundo desde entonces, incluida una crisis financiera mundial que ha arreciado durado una década y ha dejado un mundo distinto, más inseguro, fragmentado y vulnerable a los populismos por el alza de la pobreza, la desigualdad y el deterioro de las clases medias.

El idílico resort suizo de lujo reúne cada año a la élite financiera, política y económica mundial, los amos que han manejado durante décadas las riendas del mundo. La presencia de Donald Trump este año ha sido precedida de mucha expectación y polémica por sus políticas proteccionistas, precisamente por tratarse de un foro que predica las bondades del liberalismo y la globalización.

Davos está vacunado contra cuerpos exógenos. Ha sido anfitrión de los presidentes de Rusia y de Irán en anteriores ediciones y, el año pasado, por primera vez, recibió al presidente chino Xi Xinping. El líder comunista se declaró como el campeón del libre comercio mundial y advirtió en su discurso, en clara referencia al recién llegado Trump, que el proteccionismo es como “encerrarse en un cuarto oscuro”.

El discurso de Donald Trump en Davos no ha sorprendido a nadie. Su mensaje proteccionista y xenófobo de America First (América primero) revienta el papel histórico de EEUU como potencia mundial en un orden gobernado por instituciones internacionales y basado en el libre mercado, la cooperación y la solidaridad.

Trump ha alardeado de su principal baza, la buena marcha de la economía. Desde que asumió la presidencia, el Dow Jones ha avanzado más de un 30%; el SP 500, un 20%; y el Nasdaq, un 30%. En este tiempo, las bolsas han ganado siete billones de dólares hasta superar los 30 billones de capitalización, cifras históricas gracias al alza del consumo, a la liquidez y a la fortaleza de las multinacionales tras el efecto de la reforma fiscal. Trump ha rebajado 14 puntos el impuesto de sociedades y ha facilitado la repatriación masiva de capitales desde el exterior, calculados en dos billones de dólares. En su discurso, el presidente de los EEUU parecía, más que un líder global, un charlatán de feria repitiendo en Davos: “¡Vengan a invertir a Estados Unidos!”.

El America First puede que sea efectivo a corto plazo en los indicadores económicos. Pero, como todos los populismos y nacionalismos que han surgido tras años de crisis, es letal en el largo plazo porque no incorpora ninguna vacuna contra los grandes males que acechan al mundo como el terrorismo, el deterioro del medioambiente, los flujos migratorios, la desigualdad creciente o el impacto en el mercado laboral de la digitalización y la robotización, problemas globales que no se pueden abordar sin cooperación mundial. Los líderes de Davos aplaudieron el discurso de Trump, quizás por cortesía, pero desde luego sin ser conscientes de que una globalización gobernada por una élite reunida en Suiza una vez al año acaba creando sus propios monstruos.

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