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Análisis

Todo es una película

Antón Losada

Ahora el PP lo que quiere es impedir que cunda el pánico y se inicie una carrera de delaciones para salvar el pellejo

La Academia no sabe lo que se pierde al no incluir entre los nominados a mejores actores a los encausados por el 'caso Gürtel' en su franquicia valenciana. Sus dotes interpretativas para pasear por la Audiencia Nacional su arrepentimiento y su ansia de colaborar con la Justicia merecen algún reconocimiento. Cuanto más confiesan, más se afianza la sospecha de asistir a un elaborado espectáculo dirigido y producido desde fuera, donde todos cuantos caen o ya habían caído o están muertos y todo acaba encajando en el discurso 'marianista': la corrupción es cosa del pasado y los corruptos ya no están, miremos al futuro.

'Don Vito' Correa ofrece una confesión general, pero curiosamente no incluye colaborar en la causa que instruye los papeles de Bárcenas, el único camino judicial que realmente podría acabar en la planta noble de Génova. Pablo Crespo también canta, aunque se guarda los papeles que dice tener de cuando repartía la caja b gallega. Álvaro Pérez confiesa a lo campechano pero lo justo para aliviar la responsabilidad de Ricardo Costa e incriminar a Francisco Camps, protegido por la prescripción penal. Costa señala compungido al prescrito Camps, aunque se cuida de exculpar a la dirección nacional porque en el PP de Mariano Rajoy estaba prohibida "una Filesa 2".

Bárcenas y Camps

Ni un guionista profesional de Hollywood había escrito una frase mejor y más exculpatoria, o una trama tan perfectamente resuelta. En el juicio anterior todo acababa en los tesoreros caídos, muertos o que ya no pueden testificar. Ahora todo acaba en el expresidente a quien ya no se puede juzgar. Solo Luis Bárcenas y Camps pueden arruinar el final feliz. Pero ambos son hombres de partido y no van a hacer nada contra el PP, el único proveedor que les queda para garantizar ese mínimo de respeto y amparo para los suyos que necesitan tan desesperadamente. Rajoy supone la garantía de que así será porque el presidente también es un hombre de partido y sabe qué se debe hacer.

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Todos conocían las reglas y saben cómo funciona: con la cara del poder casi absoluto, el elevado estatus y el generoso sueldo viene la cruz de apencar con las consecuencias, en silencio y en solitario, si algo sale mal. La única duda que queda es si Esperanza Aguirre también acabará asumiendo las reglas y aceptará que, en Madrid, todo acabe en ella.

Hace tiempo que Rajoy decidió que la única estrategia viable para sobrevivir a la quema de la corrupción popular pasaba por aplicar su versión del famoso principio inspirador de la diplomacia de Henry Kissinger: "Es un corrupto, pero es nuestro corrupto". Rajoy cree que el coste electoral ya está pagado. Ahora se trata de minimizar los daños penales y mediáticos entregando cabezas de turco que sirvan como cortafuegos e impidan que cunda el pánico y se inicie una carrera de delaciones para salvar el pellejo. Aguantar, explotar las divisiones de los adversarios y dejar que el ciclo económico empuje al ciclo electoral. Y hasta ahora todo va según el guion previsto.

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