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IDEAS

El escritor chileno Roberto Bolaño. 

Julián Martín

Bolaño, el personaje

Ricard Ruiz Garzón

Hoy que medio mundo dice que conoció, trató y frecuentó a Roberto Bolaño, aprovecho una minúscula efeméride privada, la de los veinte años de una 'cojonuda' tarde con él en Sabadell que jamás he contado ni contaré, para reflexionar sobre la progresiva conversión en personaje exiliado de sí mismo del autor de '2666'. El proceso empezó pronto, pues el propio Bolaño, uno de cuyos grandes temas es el del doble, se transmutó en trasuntos como Arturo Belano (presente por ejemplo en 'Llamadas telefónicas', el libro que nos reunió en 1998, año en que ganaría además el Herralde por 'Los detectives salvajes').

 Igualmente conocido, tres años más tarde, fue su 'cameo' en la novela de Javier Cercas 'Soldados de Salamina', cuya popularidad adelantó de forma insospechada el fetiche en que el chileno estaba a punto de convertirse. Fallecido en 2003 (en julio hará 15 años) y catapultado de forma póstuma por editores, agentes y periodistas, además de lectores, el durante décadas ignorado autor de 'Estrella distante' pasó de golpe a representar la quintaesencia del escritor vocacional e insobornable, y su romántico y a ratos edulcorado halo de genio pop no tardó en devenir leyenda. No es extraño, en consecuencia, que autores como Jorge Volpi, Valeria Luiselli o Patricio Pron hayan jugado con los años a recrearlo en sus páginas, ni que hayamos superado 2017 con la publicación de una novela que riza el rizo y propone a un personaje ficticio que evoca al personaje real a través de tres trasuntos fácilmente identificables, el último de los cuales es un Ricardo Funes cuya peripecia remite sin remedio a Bolaño. La obra, 'Últimas palabras en la Tierra' (Gadir), es un meritorio artefacto metanarrativo del navarro Javier Serena, que anteriormente había ficcionado la vida y muerte de Aliocha Coll. No será la última aproximación a Bolaño: en abril, Seix Barral lanzará en Argentina 'Movimiento único', de Diego Gándara, un título en el que el escritor afincado en Gracia promete acercarse a la persona que conoció, y no al autor ni al personaje. Quizá sea la forma, al fin, de empezar a desexiliarlo.