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Carles Puigdemont, en Bruselas, el pasado 12 de enero con los diputados de Junts per Catalunya.

El 'yoísmo' de Puigdemont

Cristina Pardo

El 'expresident' cree que no se puede gobernar Catalunya desde una celda, pero si desde una jaula de oro

Carles Puigdemont ha pasado de ser un político hábil a un ejemplo de sainete. Solo existe él y nadie más que él con el derecho de ocupar la presidencia de la Generalitat. Yo, yo, yo y yo. Es que ha sido el candidato independentista más votado, nos dicen desde su partido. Es que gracias a él, el PDECat se sobrepuso a los negros augurios de las encuestas, añaden. Es que él prometió que volvería a Catalunya si sumaba para ser 'president', rematan. Claro. Claro que lo prometió. Prometer algo que no está en tu mano cumplir es de primero de estafa política, aunque la gente decida votarte con buena voluntad. Puigdemont se fue a Bruselas huyendo de la justicia y su libertad de movimientos era limitada por la amenaza de los tribunales. Entonces, ¿por qué mintió al asegurar que volvería? Porque total, otra falsedad para la serie, qué más da... Puigdemont, que se comporta como si fuera el centro del universo, nos quiso hacer creer que el aval de las urnas le limpiaba el expediente y obligaba al Estado a dar un paso atrás. No es el primero ni el último que piensa así. En el PP hace años que nos quieren convencer de que las cuentas por la corrupción se saldan en las urnas. Si el votante te perdona, cómo va a venir el juez a decirte lo contrario. ¡Quién se ha creído que es para alterar la voluntad popular! Esa manera de enfocar la realidad es de una prepotencia insoportable. 

El 'yoísmo' de Puigdemont ha quedado todavía más en evidencia en las últimas horas, cuando ha dicho que prefiere ser 'president' que presidiario, pisoteando así a Oriol Junqueras, coherente desde el principio hasta el final. Y eso, a pesar de que necesita los votos de ERC para todo. A Puigdemont le parece que no se puede presidir Catalunya desde una celda en Madrid, pero sí desde una jaula de oro en Bruselas. Basa su teoría en que existen “las nuevas tecnologías”. Nos toman por tontos. A este hombre le da igual la ciudadanía. Y si no le da igual, lo parece. Si pensamos que era un escándalo que el Director General de Tráfico gestionara un atasco a través de Twitter, ¿cómo es posible que alguien trague con el gobierno a distancia que exige Puigdemont? Sería de chiste, si no fuera por el riesgo de una repetición electoral con la que ERC no quiere cargar. Sería de chiste, si no fuera porque un partido con dirigentes en la cárcel no se decide a hacer valer sus votos y a denunciar claramente todo este despropósito, mientras Puigdemont se ríe también de ellos. Y sería realmente cómico, si no fuera porque en el PDECat no se atreven a decirle a su candidato que está desnudo. Ni siquiera Artur Mas, ahora fuera de la política y por lo tanto, libre. Lo más lejos que ha ido es cuando declaró con Ana Pastor que “por encima de la persona, está el país”. Se puede decir más alto y más claro. Porque resulta del todo increíble que a ningún independentista le resulte escandaloso el proyecto telemático de Puigdemont. Salvo que lo que nos estén queriendo decir es que cuanto más lejos, mejor. 

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