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Al contrataque

Empezó el concierto. Intenté respirar profundamente y pensar en otra cosa. Entonces, dos personas tosieron levemente


La semana pasada asistí junto a mi hijo mayor al concierto de Debussy que el director de orquesta y pianista Daniel Barenboim dio en el Palau de la Música. Antes de comenzar, salió al escenario una chica para avisar de que no se podían hacer fotografías y para pedir que si se tenía que toser, se tosiese de la manera más discreta posible. 

Naturalmente, en ese preciso instante y a pesar de no estar en absoluto resfriada, me empezó a picar la garganta. Me revolví incómoda y un poco angustiada en mi asiento. Carraspeé. Mi hijo, que me conoce como si fuese mi padre, me miró con ojos acusadores. Fingí buscar un caramelo en el bolso que naturalmente no estaba puesto que no soy Mary Poppins y jamás he llevado caramelos en el bolso. 

Se apagaron las luces y salió Barenboim con su cuerpo tan liviano y su cara tan bonita de ogro y de boxeador. Empezó el concierto. Intenté respirar profundamente y pensar en otra cosa. Entonces, dos personas tosieron levemente, una en la platea y la otra desde el primer piso. Me di cuenta de que si no tosía de inmediato, me moriría o como mínimo me desmayaría. Tosí flojito un par de veces, por fin se me pasó la inquietud y pude empezar a disfrutar del concierto mientras pensaba vagamente en mis cosas, que es lo que suelo hacer en los conciertos.

Al cabo de un rato, de repente, cuando acababa de empezar a tocar un preludio, Barenboim se detuvo. Se levantó y se acercó al borde del escenario. «Perdónenme» dijo.  Todo el mundo aplaudió. «Esta música necesita un silencio absoluto. Y en cada compás ha tosido alguien o se ha oído algún ruido» Miré con sorpresa a mi hijo, yo no había oído nada, él, que toca el piano desde que era niño y sabe mucho de música clásica, asintió y susurró: «Tiene razón, a alguien se le ha caído el móvil, se ha oído la vibración de un teléfono y la gente no ha parado de toser». Le sonreí y dije: «Tal vez seáis un poco exagerados. ¿No crees?». «No», me respondió con cara de pocos amigos.

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Entonces Barenboim añadió: «Estoy intentando dar lo mejor de mí mismo».  La gente rió y aplaudió. Y él dijo: «No. Es muy serio». Y a continuación: «Les dejo un momento para que ustedes hagan el ruido que sea y luego, cuando regrese, intentaremos volver a la concentración necesaria», y salió con paso ligero del escenario. Yo ya no tenía ganas de toser, ni de reír, ni de pensar en mis cosas.

Declaración de amor

Me tomo las declaraciones de amor muy en serio, aunque sean multitudinarias,  y si alguien te dice «te estoy intentando dar lo mejor de mí mismo» (yo lo he oído algunas veces, es algo muy parecido al amor), uno se detiene y escucha. Barenboim regresó. No se oía ni una mosca. Le escuchamos, señor Barenboim. Muchas gracias.
 

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