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el radar

Furgón policial en el Tribunal Supremo durante la declaración de Joaquim Forn y los Jordis

JUAN MANUEL PRATS

La política del conflicto

Joan Cañete Bayle

Los presos que han renegado ante el juez del 1-O han sido objeto de burla en redes y tertulias

El compromiso se considera de débiles; la fuerza es no dar ni agua al enemigo político

Lo último entre los apóstoles del a por ellos es mofarse y ridiculizar por cobardes a los líderes encarcelados del independentismo catalán. Algunas de las mentes que los calificaron de fanáticos, ignorantes, mentirosos, manipuladores y sentimentales de lágrima fácil (más falsa que Judas, eso sí) les afean ahora que algunos de ellos (Carme Forcadell, en su momento, esta semana Jordi Sànchez, Jordi Cuixart y Joaquim Forn) se hayan plantado ante el juez Pablo Llarena del Tribunal Supremo (TS) y hayan renegado del 1-O, hayan renunciado a la vía unilateral hacia la independencia y hayan afirmado que el único referéndum que se podría celebrar para declarar la independencia de Catalunya será uno convocado por el Gobierno de España.

En las tertulias y en las redes sociales se acumulan los hirientes comentarios: que si los independentistas juran la bandera española, que si vaya revolucionarios de baratillo, que si qué patriotas catalanes de mentirijillas, que si habráse visto tamaña cobardía, que solo les faltó tararear el himno de España (lástima que no tenga letra, que si no lo hubiesen cantado) ante el juez para que les dejen salir de la cárcel. Y en el siguiente tuit, el palo a Carles Puigdemont por todo lo contrario: el fanático que no cede, el irredento que no acepta el principio de realidad, el talibán de la república catalana. O sea: los independentistas catalanes, o fanáticos o cobardes, o ambas cosas al mismo tiempo. La mala fe, la estulticia y la torpeza se les da por supuesta, va de fábrica.

En Fire and furyel ya famoso libro del periodista Michael Wolff cuya publicación Donald Trump intentó frenar, se describe así la concepción de la política de Steve Bannon, el raro espécimen en el equipo Trump que ha leído "un libro o dos": "Te defines a ti mismo por la reacción de tu enemigo. El conflicto era el cebo de los medios y, por tanto, ahora es la carnada de la política. La nueva política no es el arte del compromiso, sino el arte del conflicto". La visión de Bannon parece irle como anillo al dedo a la política catalana (y, por extensión, a la española): las posturas se definen por la oposición al otro más que por las propias ideas, el compromiso (el pacto, la negociación) es cosa de débiles, la fuerza se demuestra con posturas inamovibles, tender la mano, comprender, empatizar es el peor pecado de la política, esas 155 monedas de plata, esos aplausos en el Senado mientras Mariano Rajoy detallaba la intervención de la autonomía catalana por parte del Gobierno central. Así, Puigdemont ganó las elecciones en el bloque independentista con una sola idea, más bien un desiderátum: deshacer el 155; y Ciudadanos fue el partido más votado con otra aspiración: poner el punto y final al procés, la fuerza y su lado tenebroso (que cada cual elija a su Yoda y a su Lord Vader)

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En esta política del conflicto, simplemente, no ha lugar para la empatía ni los matices, de ahí que abunden tanto los traidores, de ahí que los bandos solo se pongan de acuerdo en atizar al que llaman equidistante. Los presos que reniegan ante el juez de la vía unilateral lo hacen después de semanas en prisión preventiva y como legítima estrategia de defensa. Estar en la cárcel no les hace inmunes a la crítica política. Es lícito preguntarse si su renuncia es sincera o táctica, igual que lo es afirmar que si no hubiesen optado por la vía unilateral no se hubiera desatado esta crisis, o que deberían haber escuchados las voces que les alertaban de que no era esa la forma de hacer las cosas. 

Lo que es añadir humillación a la pena de la cárcel es burlarse de ellos, afearles lo que en el fondo sus detractores llevan meses exigiendo que hagan: que acepten el orden jurídico, constitucional y estatutario, que rectifiquen. Al parecer pretender que en un mundo no de adversarios políticos, sino de enemigos, se entienda el drama de la privación de libertad es pedir demasiado. La derrota no basta; la rectificación es floja; la rendición, la humillación, el escarnio y el escarmiento son el objetivo. Es la política del conflicto.

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