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ANÁLISIS

Pisarelo y Colau, en el ayuntamiento, en noviembre.

Esperando a Colau y su proyecto, todavía

Jordi Mercader

Barcelona no se hunde, ni mucho menos, pero Barcelona no puede ser un problema a resolver sino una ilusión a construir

Es comprensible que en la noche del 21-D cundiera el pánico en el Ayuntamiento de Barcelona por los pésimos resultados de Catalunya en Comú y el triunfo de Ciudadanos. No es la primera vez que el gobierno municipal pierde unas autonómicas. Los socialistas no ganaron unos comicios catalanes en la capital de Catalunya hasta 1999, pese a gobernar la ciudad desde 1979, cómodamente y con cierto éxito, según las crónicas. Estos 20 años de décalage no deberían confiar a Ada Colau, tan solo le ofrecen una perspectiva de tranquilidad, al menos en el frente estadístico. Las dificultades para asegurar su reelección son públicas.

La alcaldesa no ha logrado elaborar un discurso propio de ciudad, se ha limitado a presentar una lista de las preocupaciones de los barceloneses a las que hace frente con acierto diverso. Barcelona no se hunde, ni mucho menos, pero Barcelona no puede ser un problema a resolver sino una ilusión a construir. Los barceloneses están habituados a lucir una ciudad admirada, reconocida internacionalmente, protagonista de proyectos urbanos audaces e innovadores; no se trata de negar los déficits o las incertidumbres existentes, simplemente aceptar que resolverlos es una obligación implícita en el cargo no una bandera de futuro.

El conflicto nacional

Colau y su equipo no lo han tenido fácil ni lo van a tener. Son una molestia estratégica, una complejidad que denuncia la simplicidad preferida por los dos bandos de la batalla identitaria. El conflicto nacional les ha perjudicado, seguro; pero también es evidente que han tardado en hacerse con la lógica municipal, llegaron por sorpresa (incluso para ellos mismos), desentrenados para el escenario de pactos impuesto por los votantes y demasiado pendientes del que dirán los tres mil activistas pegados al Twitter, guardianes de una pureza ideológica incompatible muchas veces con los riesgos de gobernar para todos los ciudadanos.

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Para todos o como poco para la clase media, un confuso magma de prioridades económicas y sociales, de comportamiento electoral disperso, pero la base tradicional del barcelonismo militante, algo desanimado en estos tiempos por falta de liderazgo y proyectos colectivos. Conectar con la clase media parece un objetivo razonable para el futuro de la alcaldesa; muy probablemente implicará un cambio en la agenda, repensar el lenguaje, los gestos y asumir las contradicciones que vengan al caso. Nada del otro mundo para una política con aspiraciones.

Luego solo le quedará acertar con el proyecto. Los barceloneses, sean de clase media, de Sant Gervasi o de la Meridiana, entienden de proyectos. Y van a comprender que la ciudad limitada por las rondas se ha quedado pequeña para según que ambiciones y probablemente también para afrontar las exigencias de calidad de vida y bienestar irrenunciables. La ciudad metropolitana está ahí, esperando un nombre y un gobierno. Y pedagogía. Mucha pedagogía de la cooperación, de la eficiencia del conjunto y del respeto a las identidades. Un proyecto para una carrera política. 

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