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HOY JUEGAS

Dos cilistas, en la vía que sigue el curso del río Besós, en el término municipal de Sant Adrià del Besós.

El día que superé a Cavendish

Andreas González

Soy, para qué negarlo, un perfecto globero. En la grupeta de los domingos hace años que hago la goma. Chupo mucha rueda y mis relevos suelen ser tramposos: siempre más cortos que los demás y con el terreno y el viento favorables. 

También he de confesar que las pocas carreras que corrí cuando tenía más piernas se limitaban, casi sin excepción, a pruebas clandestinas que improvisábamos en polígonos industriales, aprovechando que eran un desierto la noche de un día laborable. Una madrugada, una prostituta aburrida por la falta de clientes se ofreció para darnos la salida. Lo hizo contorneándose como una alumna  del Instituto Rydell de Grease, aunque delante no tenía precisamente a Danny Zuko y su Ford Deluxe y aquello tampoco era el puente de la calle 6 en Los Angeles River.

Semanas después, logré mi único récord hasta la fecha: el de la caída más rápida en una contrarreloj. Al arrancar, el tubular delantero de mi Vitus se salió y mi cabeza impactó contra el asfalto sin haber recorrido un solo metro.
Pero, eso sí, un día batí a Mark Cavendish. O para ser más exactos, mi bicicleta superó a la suya.

Dentro del coche

Tras jubilar mi vieja Colnago, igualita a la del suizo Tony Rominger, me había comprado una Venge de carbono como la del esprínter británico. El ciclismo tiene esta ventaja: si estás lo suficientemente zumbado y desembolsas lo que cuesta un coche utilitario puedes subirte a la misma máquina de un pro.

Y ahora pónganse en situación. No ha amanecido y un tipo desesperado (servidor) corre en 'culote' por el arcén de una autovía intentando localizar los restos de su carísima bici. Minutos antes había sucedido la 'volatta' que justifica estas líneas: a 120 km/h inalcanzables para el mismísimo expreso de Man mi bici había salido disparada de la baca del coche. Se esfumó. Pero cuando iba a darla por perdida una furgoneta apareció de la nada y se detuvo. Bajó otro globero que conducía rumbo a la misma marcha cicloturista y me entregó  mi flaca, que había recogido en la cuneta kilómetros atrás. El parte de daños, para llorar. Créanme, jamás he vuelto a llevarla en otro lugar que no sea dentro del coche. 
 

Temas: Bicicletas

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