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VIAJEROS EN BUSCA DE LO AUTÉNTICO

Gimnasia sueca

Rosa Ribas

Me impresionan aquellos que viajan regularmente a otro país y, ante el viajero novato, toman una actitud de maestro de película de karate ilustrando al nuevo y voluntarioso alumno

Siempre me ha desconcertado la gente que tras un viaje a un país extranjero regresa y es capaz de explicártelo en unas pocas frases categóricas. Todavía me impresionan más aquellos que viajan regularmente a otro país y, ante el viajero novato, toman una actitud de maestro de película de karate ilustrando al nuevo y voluntarioso alumno "eso está muy bien, pequeño saltamontes, pero si quieres conocer la auténtica (aquí se pone el nombre del lugar), tienes que ir, ver, hacer…" Sobre todo, cuando hablan de culturas que nos resultan muy ajenas, me fascina la seguridad con que asumen haber entendido algo, cuando generalmente a duras penas logramos entender cómo funciona el país vecino. 

Hace unos días estaba escribiendo en una cafetería de mi barrio cuando entró un hombre, se sacudió la nieve del abrigo y se sentó en una mesa cercana a la mía. Poco después entró otro hombre con una gorrita andina, muy 'etno', se sentó con el primero y empezaron a charlar. Al cabo de unos minutos tuve que levantar la vista del cuaderno porque tenía la impresión de que alguien se estaba dirigiendo a mí.

Siempre me ha desconertado la gente que tras un viaje a un país extranjero regresa y es capaz de explicártelo en unas pocas frases categóricas

Pioneros y puros

Pero no, era el segundo cliente, ya sin gorrita, que resultó ser una de esas personas generosas y extrovertidas a las que les gusta compartir sus conversaciones con el resto de los presentes en el local, para que, independientemente de si nos interesan o no, podamos ampliar nuestros conocimientos y horizontes. Personas para las que los interlocutores directos son una coartada, si bien mal diseñadas, porque suelen ser de carne y estar vestidos, circunstancias ambas que dificultan la reflexión del sonido, por eso hablan siempre algo ladeadas hacia el auditorio involuntario que éramos el resto de ocupantes de las mesas aledañas.

¿Con qué informaciones nos enriqueció la mañana? Con el tono de autocomplacencia de quien se sabe pionero y puro, nos contó que practicaba yoga, que lo hacía antes, mucho, pero que mucho antes de que se pusiera de moda y hasta los gimnasios de barrio ofreciesen cursos. Por eso él, auténtico conocedor del yoga –pausa, mirada alrededor por si alguna oreja cometía la osadía de escapar de su voz punzante–, practicaba una variante primigenia, muy antigua, que existía antes de que las modernidades lo contaminaran.

En este punto perdí el hilo de ese discurso de exuberante eurocentrismo y pensé cómo podría ser la vista desde el otro lado, si ese hombre tuviera un 'doppelgänger', pongamos en la India, de quien fuéramos objeto de observación.

En busca de lo auténtico

Un doble que emprendiera un viaje por la Europa occidental, con su mochila a cuestas, una colección de diccionarios y un bloc de notas en el que tomaría apuntes de los usos y costumbres autóctonos, para destilarlos (esto fuera porque es yanqui; esto no vale, que es oriental; esto a saber de dónde lo habrán sacado) en busca de lo auténtico. Tras, pongamos, dos semanas regresaría convencido de haber dado con la esencia. Y entonces decidiría abrir un gimnasio, pongamos, en Calcuta, en el que ofrecer "gimnasia europea", pero no cualquier modo en 'fitness', sea con música, bicicletas estáticas, cintas para correr, gomas elásticas, aparatos sofisticados… No, esas vulgaridades se encuentran en cualquier gimnasio de barrio. Lo que nuestro viajero ha traído en su mochila es una variante primigenia, más antigua, que existía antes de que las modernidades lo contaminaran: la gimnasia sueca

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De modo que los hípsters locales podrán practicar la gimnasia sueca ortodoxa. Se colocarán muy serios en disciplinadas filas e hileras, no en vano su inventor, el señor Pehr Henrik Ling, la desarrolló a principios del siglo XIX para el entrenamiento militar. El diseño del vestuario estará inspirado en viejas fotos en blanco y negro compradas en algún mercadillo, tal vez en el Mercat de Sant Antoni, por lo que los hombres irán vestidos con pantaloncitos cortos de futbolista de los años 70 y camisetas blancas de tirantes, por supuesto de canalé. Para las mujeres, honradas falditas pantalón. Prendas todas ellas compradas en una mercería "auténtica, auténtica", regentada desde hace generaciones por la misma familia y les describirá con arrobo los escaparates llenos de calzoncillos de todos los tamaños, pero siempre blancos, la mirada sabia de la vendedora que recita al oído de sus clientes femeninas fragmentos de una numerología oculta "90C", "70D",  la fascinación del sonido de cartón duro de las cajas de calcetines al abrirse, el misterio atávico de las fajas de color carne.

Y así, imbuidos de espíritu europeo, harán tablas de gimnasia auténticas, esenciales y primigenias. Exagero, lo sé. Aunque quizá no tanto.

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