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IDEAS

Cinco horas con Súper Mario

Cinco horas con Súper Mario

Miqui Otero

De los seis a los nueve años quería ser escritor. A los nueve, y hasta los doce, alimenté la vocación de fontanero. Esta no llegó inspirada por el rumor de argumentos de películas porno rancias, en los que una avería en el fregadero siempre derivaba mágicamente en una comprobación de los muelles de la cama, sino por un personaje de ficción que había convertido en ídolo. Existían antecedentes: ya mi padre, cuando veía al capataz de la única fábrica de su aldea, siempre impoluto, oliendo a Brummel y anís mientras repartía bendiciones o nóminas, insistía a mis abuelos en que él quería ser "mecánico, pero el que no se ensucia".

Yo admiraba que un fontanero como Mario pudiera vivir en un lugar llamado Reino Champiñón, acceder a paisajes delirantes colándose por la tubería de transmisión de una bañera, machacar a villanos con caparazón de pinchos. Que comiera setas que aumentaban su tamaño y que cuando montaba a dinosaurios veganos sonaran congas de Ray Barretto.

Se buscan héroes de la clase obrera en estrellas del rock, cuando el mejor ejemplo se paseaba por un videojuego

Se buscan héroes de clase obrera en estrellas del rock y en escritores de posguerra, cuando el mejor ejemplo se paseaba por un videojuego. Más cerca de Tom Ripley que del típico bonachón de Dickens, Mario es valioso por ser un tipo de clase trabajadora con derecho a protagonizar su propia aventura. En un mundo de ficciones donde los 'hombres pobres' suelen representar ese rol, el de 'pobres hombres' (el de las mujeres, 'la chica'; el de los negros, 'la cuota'), Súper Mario demuestra que la única estrategia válida no es visibilizar con penoso costumbrismo existencias humildes, sino proponerles un horizonte de vivencias inimaginables.

Me digo todo esto, en pijama y llenísimo de razón, como coartada para poder jugar cinco horas durante el seis de enero. Los Reyes Magos me han regalado, un cuarto de siglo después de la primera, la nueva reedición de la Supernintendo.  Decía Simon Reynolds en su ensayo 'Retromanía' que "lo retro es un fetiche autoconsciente por la estilización de un periodo". Pero volver a 'Super Mario World' se ha parecido menos a un ejercicio nostálgico que a la relectura de 'Los tres mosqueteros'. O al regreso a una casa de la que conoces cada secreto y olor. Un mundo de colores planos y vidas plenas. 

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